El sabor de la lluvia en la ventana
6 minEl sabor de la lluvia en la ventana
Llovía desde las cinco de la tarde, una lluvia tibia y persistente que no dejaba respiro, solo el sonido de las gotas deslizándose por el cristal como dedos indecisos. Yo estaba en el sofá, envuelta en una manta de lana áspera que olía a lavanda y a tiempo pasado, con una taza de té humeante entre las manos, el vapor subiendo en espirales lentas que se perdían en el techo bajo del departamento. La luz del día ya se había vuelto gris, apagada, como si el mundo entero hubiera bajado la guardia.
Escuché la llave girar en la cerradura a las siete y diez. No era hora de visitas. Ni siquiera era hora de volver. Pero ella siempre tenía sus horas propias, sus ritmos que no se ajustaban a los relojes.
—Paula —dijo, con la voz un poco más seca de lo normal, como si la lluvia le hubiera quitado la humedad de la garganta.
Abrí la puerta sin levantarme. La vi en el umbral, con el abrigo mojado, el pelo oscuro pegado a las mejillas, los labios entreabiertos como si aún respirara el aire de afuera. Leila. Cinco años mayor que yo, los ojos grises como el cielo antes de una tormenta, y esa sonrisa que no era una sonrisa de bienvenida, sino de reconocimiento, como si me estuviera descubriendo de nuevo, cada vez más hondo.
—¿Llovió tanto? —pregunté, pero ya sabía la respuesta. Sabía que había caminado bajo la lluvia sin paraguas, que tenía la piel mojada y el corazón acelerado, porque siempre lo tenía cuando venía a verme.
—Un poco —dijo, y entró. Se detuvo frente a mí, sin acercarse todavía. Me miró los ojos, luego la boca, y por un instante supe que no había venido solo por compañía.
Cerré la puerta. El sonido del cerrojo fue como un susurro en la habitación. Me giré hacia ella con la taza aún en las manos.
—¿Te gustaría secarte el pelo? —le pregunté.
Ella asintió, sin decir nada. Le tomé la mano, fría y ligeramente temblorosa, y laguidé hasta el baño. Encendí el secador. Ella se sentó en el borde de la bañera, los hombros un poco encorvados, como si cargara algo invisible. Le pasé el secador por las raíces, moviendo las manos con lentitud, con intención. El aire caliente subía entre sus mechones, levantando pequeñas nubes de vapor, y yo sentía cómo su piel respondía, cómo la tensión se deshacía en el cuello, en los hombros, en la base de la nuca.
—Tú siempre sabes cómo hacerlo —dijo, con los ojos cerrados.
—No es magia —respondí—. Es solo saber dónde esperan el calor.
Esa noche no hubo prisa. No hubo música, ni luces tenues diseñadas para excitar. Solo el sonido de la lluvia, el grifo goteando en el fregadero, y el calor que crecía entre nosotras sin necesidad de palabras. Me deslicé detrás de ella en el sofá, con la espalda apoyada en el respaldo, y ella se volvió hacia mí, sentada en mi regazo como si hubiera estado hecha para eso, como si no hubiera pasado tanto tiempo lejos.
Le desabroché el abrigo, despacio, cada botón un pequeño acto de confianza. Debajo llevaba un suéter de lana gris, arrugado, con un hilo suelto en la manga derecha. Le acaricié la cintura, sintiendo cómo su respiración se volvía más profunda, más regular. No me detuve a preguntar. Ya sabía que sí.
—¿Te acuerdas del invierno del 2012? —le susurré al oído, mientras mis dedos subían por debajo del suéter, rozando la piel de su espalda.
—Cada vez que llovía así —respondió, inclinando el cuello hacia atrás para dejarme acceso, para dejarme entrar.
Subí la mano hasta su pecho, sin prisa, sin exigencia. Solo explorando. Sentí el latido de su corazón, rápido, firme, como un tambor en la distancia. Bajé los dedos por el esternón, hasta el ombligo, y luego por fuera de la tela de sus pantalones, hasta encontrar la curva de su muslo. Ella gimió, bajito, apenas un suspiro roto, y me besó en la boca con una urgencia contenida, como si hubiera estado guardando ese beso durante meses.
Nos quitamos la ropa sin prisa, sin vergüenza, como si ya hubiéramos hecho esto muchas veces, como si no fuera a terminar nunca. Ella me desabotonó la blusa, me deslizó los tirantes de los shorts por las caderas, y cuando mis manos encontraron sus pechos, no los toqué como si fueran algo nuevo, sino como si los conociera desde siempre. Su piel era suave, cálida, con esa textura que solo tienen los cuerpos que han amado y sido amados, que han llorado y reído, que han estado solos y luego no.
Me tomó de la mano y me condujo a la habitación. La cama estaba hecha, sin arrugas, como si no hubiera dormido en ella desde que yo llegué. Se sentó con las piernas abiertas y me pidió que la tocara, no con palabras, sino con la mirada, con la forma en que apretó los dedos alrededor de mi muñeca.
Le quité la ropa interior, lentamente, como si cada fibra fuera un hilo que no quería romper. Bajé hasta la cama con ella, acostada sobre la espalda, las piernas semiflexionadas, y le besé el muslo interno, primero suave, luego con más intensidad, hasta que sus dedos se clavaron en mis hombros y su respiración se volvió entrecortada.
—Paula —dijo, y por primera vez su voz tembló.
Le separé los labios con los dedos y la toqué como se toca algo que se quiere guardar, como si cada centímetro fuera una palabra que quería decirle, pero no tenía nombre. La sentí tensarse, luego relajarse, luego temblar. Cuando finalmente se vino, lo hizo con la boca entreabierta, los ojos cerrados, un gemido bajo que no parecía suyo, como si alguien más estuviera usando su voz.
Me levanté, me senté frente a ella, y le besé el rostro, los párpados, la frente, los labios. Me deshice de mis pantalones y me senté entre sus piernas, con la cabeza apoyada en su hombro. Le acaricié la rodilla con el pulgar, y luego la parte trasera del muslo, hasta sentir su piel de nuevo, húmeda, brillante bajo la luz del velador.
—¿Quieres que te toque de nuevo? —le pregunté.
Ella no respondió con palabras. Solo me tomó la mano, la colocó sobre su vientre, y me guió hacia abajo, hacia donde ya estaba esperándome.
—Tú sabes que siempre quiero —dijo, y me miró a los ojos mientras me introducía dentro de ella.
No hubo prisión, solo calidez, solo ajuste perfecto, solo el ritmo de dos cuerpos que se habían aprendido sin necesidad de aprenderse.
La lluvia seguía cayendo cuando terminamos, cuando sus dedos se aferraron a mis brazos y su cuerpo se estremeció una última vez, cuando ambos nos dejamos caer sobre la cama, sin fuerzas, sin vergüenza, solo con la certeza de que habíamos estado esperando este momento desde el último encuentro.
Me volví hacia ella. Tenía los cabellos pegados a la frente, los labios hinchados, los ojos cerrados. Le acaricié el rostro con la palma de la mano, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí completa no por haber sido deseada, sino por haber deseado con claridad, con ternura, con necesidad.
—¿Vas a quedarte esta noche? —le pregunté.
Ella abrió los ojos, me miró, y sonrió, una sonrisa pequeña, verdadera, sin mácula.
—Sí —dijo—. Hoy la lluvia no deja pasar a nadie.
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