El primer intento de Ana en la casa de su amiga

El primer intento de Ana en la casa de su amiga

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (12) · 141 lecturas · 4 min de lectura

Ana se sentó en el sofá de lino gris, los muslos apretados, las rodillas ligeramente separadas, como si contuviera algo que ya empezaba a pulular en su vientre. Su amiga Lucía, dos años menor, más atrevida, más osada, le ofreció un vaso de vino tinto que ella aceptó con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar la tensión. Hablaban de todo menos de eso. Del trabajo, de los vecinos, de la lluvia que había caído esa tarde. Pero sus ojos —los de Ana— no dejaban de rozar la entrepierna de Lucía, donde la tela de sus pantalones ceñidos marcaba una curva suave, un abultamiento que no era casualidad.

—¿Estás bien? —preguntó Lucía, inclinándose, la punta de la lengua rozando su propio labio inferior antes de volver a hablar—. Pareces nerviosa.

—Sí —admitió Ana—. Pero no por lo que crees.

Lucía se levantó, caminó hasta la ventana, se detuvo frente al vidrio empañado por la humedad del exterior, y se pasó una mano por la nuca. Se giró entonces, lentamente, con los hombros hacia atrás, el pecho ligeramente proyectado, los ojos oscuros y brillantes.

—Entonces dime por qué estás nerviosa.

Ana dejó el vaso en la mesa auxiliar. Se puso de pie, con calma, como si cada movimiento fuera un paso en un ritual. Se acercó hasta donde estaba Lucía, se detuvo a un metro, y luego, sin romper el contacto visual, se quitó la camisa. Primero una manga, luego la otra, y luego el resto deslizándola por los brazos, por los codos, hasta que quedó apenas el sostén de encaje negro, los pechos pequeños pero firmes, las puntas endurecidas bajo la luz tenue de la lámpara de pie.

—Quiero que me hagas el amor por el culo —dijo, sin vergüenza, sin titubeo—. He pensado en ello desde que nos conocimos. En cómo se sentiría tu mano allí, tu dedo, tu lengua… y después, todo.

Lucía no respondió de inmediato. Se mordió el labio, miró el cuerpo de Ana, el hueco de su cintura, la curva de su trasero, que era redondo y firme, cubierto por una falda plisada que ahora se le subió un poco al caminar. Luego, con una sonrisa lenta, se acercó, puso las manos sobre las caderas de Ana, las presionó con suavidad, y bajó los dedos por la parte trasera de su muslo, rozando la parte superior de su vulva a través de la tela de la braga.

—¿Estás segura? —preguntó, casi en un susurro.

—Sí —respondió Ana—. Quiero sentirte dentro, profundamente, hasta que me olvide de mi nombre.

Lucía asintió y la empujó suavemente hacia atrás sobre el sofá. Ana se recostó, las piernas abiertas, las manos detrás de la nuca, los pechos alzados con la tensión del momento. Lucía se arrodilló entre ellas, separó los labios de la vulva de Ana con los dedos, y besó su clítoris, con una succión breve, seca, antes de pasar a lo que realmente importaba. Lamió la entrada anal de Ana, rozándolo con la punta de la lengua, mientras con la otra mano masajeaba su clítoris, ya hinchado y sensible.

Ana gimió, arqueó la espalda, los dedos aferrándose al tejido del sofá.

—Más —pidió—. Por favor.

Lucía le introdujo un dedo en la boca, para que lo lubricara bien, y luego lo deslizó por su ano, lentamente, primero la punta, luego la falange, mientras masajeaba con el pulgar su perineo. Ana respiró hondo, se relajó, y el dedo entró hasta la segunda falange. Lucía lo movió con cuidado, con ternura, hasta que Ana le pidió otro.

Añadió el segundo dedo, abrió la mano, estiró el ano con suavidad, y mientras lo hacía, presionó su clítoris con el pulgar. Ana gritó, no por dolor, sino por la intensidad del placer que la recorría, un calor que bajaba desde el pecho hasta el estómago, y luego se concentraba en su entrepierna, en su trasero, en el lugar donde ahora sentía el peso del deseo.

—Ahora —dijo Ana, con voz rota—. Quiero tu polla.

Lucía se levantó, se quitó la blusa, los pantalones, y se acercó con su sexo duro y húmedo, la punta brillante con preseminal. Ana se giró boca abajo, apoyó las manos en el sofá, elevó las caderas, abrió los muslos, y esperó.

Lucía se frotó contra su ano, rozó la cabeza de su pene con la entrada, le dio un par de empujes suaves, hasta que Ana le dijo:

—Mete, maldita sea.

Y Lucía se empujó hacia dentro.

El ano de Ana se contrajo, se estiró, aceptó. Fue lento al principio, solo la punta, luego el glande, y finalmente, con un movimiento firme, Lucía se hundió hasta la raíz. Ana soltó un grito ahogado, no de dolor, sino de plenitud, de ocupación, de pertenencia. Sus dedos apretaron el lino del sofá, los pies se arquearon, y su espalda se curvó con cada latido de la polla de Lucía dentro de su cuerpo.

—Tuya —susurró Lucía, mientras empezaba a moverse, con estocadas profundas, con empujes que hacían temblar el sofá.

Ana se rozaba el clítoris con la mano, se mordió el labio, cerró los ojos, y dejó que el placer la arrastrara, que

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