El Maestro de la Seda
7 minEl Maestro de la Seda
La luz del atardecer se colaba por las persianas bajas de la librería antigua, pintando rayas doradas sobre el piso de madera envejecida. Estaba cerrado desde hacía una hora, pero los dos hombres seguían ahí, respirando el mismo aire cargado de polvo, papel y algo más: electricidad tensa, como un cable pelado a punto de escupir chispas.
—¿Viste cuánto tardaste en venir, gordo? —le preguntó Leandro, de pie junto al mostrador, con las manos en las caderas y la camisa abierta hasta el ombligo. Tenía treinta y ocho, piel morena, músculos suaves pero definidos por años de levantar cajas y mover estantes. Su voz era seca, sin reproches, pero con un filo de exigencia que no admitía excusas.
Mariano, de cuarenta y cinco, con la barriga blanda pero firme, los hombros anchos y las manos grandes y callosas por el trabajo en una fundición, bajó la mirada. No por vergüenza —porque no la sentía—, sino porque le gustaba ver cómo se le contraía la entrepierna cuando lo llamaba *gordo* con esa voz de trapo húmedo. Leandro lo llamaba así solo cuando quería que se despojara del control que siempre le costaba soltar.
—Me demoré porque el tráfico era una mierda —respondió Mariano, acercándose despacio, con esa marcha lenta que ya conocía Leandro: pesada, deliberada, como un perro que se acerca a su amo sin estar seguro si lo van a patear o acariciar.
—No me jodás. Sabía que venías tarde y te esperé sentado en el auto —dijo Leandro, cruzándose de brazos y tensando el músculo del bíceps.— Y sabía por qué: querés que te castigue, ¿no? Que te ponga en tu lugar antes de que me jodas.
Mariano no respondió. Solo se detuvo a medio metro de Leandro, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo, el olor a jabón de afeitar y sudor dulce que siempre lo volvía loco. Se sintió pequeño, pero no por debilidad, sino por la certeza de que, allí, en ese lugar, Leandro era quien mandaba. Y eso lo hacía vibrar desde los testículos hasta la punta del pene, ya medio duro bajo el pantalón.
—Volvé a decírmelo —pidió Leandro, inclinándose un poco hacia adelante, con los ojos entrecerrados.— Decíme qué querés que te haga.
Mariano tragó saliva. Le costaba, porque la boca le había quedado seca. Pero respondió con voz baja, firme, como un hombre que ya no tiene nada que ocultar:
—Quiero que me garchés, gordo.
Leandro sonrió. No una sonrisa de satisfacción, sino de confirmación. Como si hubiera estado esperando esa palabra desde que entró por la puerta.
—Bien. Ahora despegá esa camisa de una vez y acostate en el suelo, con las manos detrás de la cabeza.
Mariano no dudó. Se sacó la camisa, la dejó tirada en el suelo, y se tiró de espaldas sobre la alfombra gastada. Sentía el polvo pegarse a la piel húmeda, el frío del piso contra la espalda, y el calor que ya le bullía en el cuerpo. Leandro se arrodilló a su lado, con esa postura de jinete que nunca lo olvidaba: rodillas firmes, espalda recta, mirada de águila. Con una mano tomó el cinturón de Mariano y lo desabrochó con un *clac* seco. Luego, con la otra, le bajó la cremallera de los pantalones, despacio, como si cada milímetro fuera un juramento.
—Vos tenés un culo que se merece ser usado —susurró Leandro, palmeando la nalgas de Mariano con un golpe seco, justo en la uniones de los glúteos.— Pero hoy no es el día. Hoy te voy a usar la concha.
Sacó el pene de Mariano, ya tieso y brillante de presemos, con la punta roja y hinchada. Lo sostuvo con ambas manos y lo acarició con lentitud, desde la base hasta la cabeza, pasando el pulgar por el meato, haciendo que Mariano soltara un gruñido gutural.
—Mirá cómo se te llenó la concha solo por estar cerca de mí —dijo Leandro, acercando el pene a su nariz y aspirando el olor.— Huele a miedo y a ganas. A querer ser dominado.
Con una mano tomó un frasco de aceite de almendras que tenía al lado —siempre lo tenía— y vertió un poco en la palma. Lo frotó entre las manos y luego lo deslizó por el pene de Mariano, masajeando con firmeza, con movimientos circulares, apretando suavemente el escroto, apretando más, soltando, apretando de nuevo. Mariano arqueó la espalda, los ojos cerrados, los dientes apretados, tratando de no gemir, pero no lo logró.
—Ahhh… mierda… —murmuró, con las uñas clavándose en la alfombra.
Leandro lo ignoró. Se paró, se sacó su propia camisa, y se subió sobre Mariano, a horcajadas. Con la mano libre, abrió las piernas de Mariano y separó sus nalgas, expuesto el culo apretado, húmedo ya de la tensión. Apoyó la punta del pene en el ano, sin presionar.
—Decíme si querés que entre —dijo, con voz baja, casi tierna—. Decíme que querés que te rompa el culo, gordo.
Mariano lo miró con los ojos vidriosos, con la respiración cortada.
—Sí —dijo—. Rompéme el culo, maldita sea. Cogeme hasta que me desmaye.
Leandro sonrió, y esta vez sí fue una sonrisa de victoria.
Empujó.
No con fuerza, no de golpe. Con paciencia. Con lentitud. Con la certeza de que Mariano lo quería así: desmenuzado, abierto, hecho trizas por el placer. El pene de Leandro entró en el cuerpo de Mariano, un centímetro a la vez, hasta que el vello pubiano de ambos se rozó. Mariano soltó un grito ahogado, los dedos de los pies se curvaron, y su mano izquierda se agarró al brazo de Leandro como si fuera su única ancla en el mundo.
—Está bien… —dijo Leandro, inclinándose sobre su oído y mordisqueándole la lóbula—. Ahora agarrame fuerte y no me sueltes hasta que te joda hasta la médula.
Y empezó a moverse.
No con golpes cortos ni con estocadas desesperadas. Con un ritmo lento, profundo, constante. Cada ida era un puñal en la entraña, cada vuelta una promesa de olvido. El olor a sudor, a sexo, a aceite y a madera vieja se mezclaba en el aire, denso, caliente, opresivo. Mariano gimió, luego gruñó, luego chilló, y por último se quedó sin voz, solo con el cuerpo que se estremecía, con el culo que se contraía alrededor del pene de Leandro, con los testículos que se contraían y subían, subían…
—¡Mierda! —gritó Leandro, con el pene ya en el fondo, clavado, palpitando—. ¡Te voy a llenar la concha, gordo! ¡Te voy a hacer un nudo de semillas en el estómago!
Y se corrió.
No con un solo espasmo, sino con tres o cuatro, profundos, como si le estuviera sacando la vida por el pene. El semen, espeso y caliente, se vertió dentro del recto de Mariano, golpeando contra la próstata, convirtiendo cada latido en un trueno de placer. Mariano, ya al borde del colapso, se corrió al mismo tiempo, con un grito que sonó como un lamento, con la mano agarrándose el pene y soltando una ristra de semillas sobre su abdomen, sobre su pecho, sobre el cuello de Leandro.
Se quedaron así, pegados, sudados, respirando como perros tras una carrera. Leandro, sin soltar el pene, se desplomó sobre Mariano, con la frente apoyada en su hombro.
—Bien jugado, gordo —dijo, con voz ronca.
Mariano, con los ojos cerrados, apenas susurró:
—Sos una perra.
Leandro rio, un riso bajo, grave, que vibró en el pecho de Mariano.
—Y vos un gordo sumiso que me pide que lo garche como si fuera su último día en la tierra.
Se quedaron callados un buen rato. Solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el rumor de la calle, lejano, irreal.
—¿Te levantás o me quedo acá hasta mañana? —preguntó Leandro, por fin.
—Mejor… me garchás otra vez —respondió Mariano, y esta vez fue Leandro quien arqueó una ceja y sonrió, sabiendo que el juego no había hecho más que empezar.
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