El Jardín de las Horas Extrañas

El Jardín de las Horas Extrañas

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 8 min de lectura

Te lo juro: no fue planeado. Ni siquiera fue intención mía. Fue algo que surgió, como una gota de rocío que se desliza por una hoja al amanecer, sin rumbo fijo, pero con una dirección inevitable. Todo empezó con una llamada.

—Tengo fiebre —dijo Lucía, y su voz sonaba ahogada, casi entrecortada, como si cada palabra costara un esfuerzo.

—¿Fiebre? —pregunté, y aunque ya tenía el ceño fruncido, no por la preocupación, sino por el eco que su voz dejó en mi pecho—. ¿Cuánto?

—No sé… 38, maybe 39.

—Déjame ver.

—No, no quieres verme así.

—Quiero.

Se hizo un silencio. Luego, un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo algo mucho más grande que una simple fiebre.

—Estoy en pijama. Sin maquillaje. El pelo hecho un desastre.

—Pues no te muevas. Voy.

Caminé desde el trabajo hacia casa. Diez cuadras, con el sol pegándome en la nuca, y en cada paso sentía cómo el calor de afuera se mezclaba con algo más interno, una tensión que no sabía de dónde venía, pero que ahora, con cada metro recorrido, se volvía más tangible.

Llegué con la camisa manchada de sudor y el pelo ligeramente despeinado. Abrió la puerta antes de que tocara el timbre. La vi de pie en el umbral, pálida, con los labios un poco resecos, los ojos más oscuros de lo normal, como si el cuerpo le hubiera quitado color a la piel para concentrarlo en algo más vital: el fuego bajo la piel.

—¿Viste? —dijo, y se apartó para dejarme pasar.

La casa olía a manzanilla y a algo más, algo que no pude identificar al instante, pero que reconoció mi cuerpo antes que mi mente: sudor, fiebre, y esa mezcla única de mujer que solo se expresa cuando el cuerpo está en alerta.

Me senté en el sofá, y ella se sentó a mi lado, no muy cerca, pero tampoco lejos. Me tendió el termómetro digital.

—Ahí lo tienes.

Lo tomé, lo limpié con un pañuelo, lo coloqué bajo su lengua. Esperé.

—Tienes fiebre —repetí, y esta vez no fue una pregunta.

—Sí.

—¿Dónde te duele?

—En todo. En la nuca. En los riñones. En la base del cráneo. En la entrepierna.

—¿En la entrepierna? —pregunté, y lo dije sin pensar, sin filtro, porque era la única parte que no encajaba.

Ella bajó la mirada, y por primera vez noté que se mordía el labio inferior. No con ansiedad. Con algo más.

—Sí —dijo, y esta vez su voz era más baja, más lenta—. Como si hubiera una electricidad constante ahí abajo. Como si mis nervios estuvieran bailando sin música.

No dije nada. Me levanté, fui al baño, mojé una toalla con agua fría, la exprimí y volví. Se la puse sobre la frente. Ella cerró los ojos, dejó que el frío le calara la piel, y por un instante, su respiración se hizo más profunda.

—¿Quieres que te tome la temperatura otra vez?

—No. Quiero que me toques.

La miré. Su piel estaba caliente al tacto, pero no por la fiebre. Había algo más. Un calor distinto, más profundo, más húmedo.

—¿Lucía?

—Tú sabes qué es.

—No estoy seguro.

—Tú sabes.

Me senté de nuevo, más cerca esta vez. Tanto que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo, como si estuviera a punto de encenderse. Me volví a su lado, la miré a los ojos, y por primera vez, no hubo evasivas. Hubo una aceptación. Una entrega.

—¿Estás segura? —pregunté, y no era una duda. Era una exigencia. Porque si algo había aprendido con ella era que el deseo, cuando es real, merece respeto.

—Sí —dijo, y esta vez no me miró a los ojos, sino a la boca—. Porque tú me miras así desde hace semanas.

—¿Cómo?

—Como si estuvieras a punto de romper algo. Como si cada palabra que me dices fuera una llave que prueba en una cerradura.

Me incliné, lentamente, hasta que mis labios rozaron la curva de su cuello. Su piel estaba salpicada de pequeños granos, como si el calor le hubiera despertado algo latente.

—Dime dónde duele —susurré.

Ella giró un poco la cabeza, dejando más expuesto su cuello, y sus manos, que hasta entonces habían estado quietas sobre sus muslos, se movieron. Una se posó sobre mi muñeca, la otra bajó, lentamente, hasta mi muslo.

—Aquí —dijo, y llevó mi mano hasta su abdomen, justo encima del borde de su pijama.

No la toqué de inmediato. Sentí su piel, cálida, suave, como un trapo recién lavado y secado al sol.

—¿Y abajo? —pregunté.

—Ahí también —susurró, y esta vez su respiración se hizo más corta—. Pero sobre todo… cuando me toco.

Me levanté, lentamente, y me puse de pie frente a ella. Le tomé las manos, y con un movimiento suave pero firme, la ayudé a levantarse. No era una pregunta. Era una certeza.

La llevé a la habitación. No con prisa. Con intención.

El sol ya se había ocultado, y la luz entraba por la ventana como una cuchilla dorada que cortaba el aire. Nos quedamos frente a frente, sin tocernos aún, solo respirando.

—Tú sabes que no puedo negarte a esto —dije.

—No —asintió ella—. Porque no es solo fuego. Es… algo más.

Me acerqué, y esta vez fui yo quien besó primero. No fue un beso apasionado. Fue un beso de prueba. De confirmación. De pregunta.

Ella me respondió con la lengua, suave, lenta, como si estuviera leyendo un mapa en Braille. Mis manos encontraron su cintura, se deslizaron por debajo de la camiseta de algodón que usaba como camisón, y subieron lentamente, hasta que sentí el contorno de sus senos bajo mis palmas.

—Estás más dura de lo normal —murmuré contra su boca.

—La fiebre —respiró ella—. O algo peor.

—No es fiebre —dije, y esta vez no la besé. La miré. Sus ojos estaban húmedos, pero no de lágrimas. De algo más—. Esto es lo que llevamos semanas evitando.

—Sí —susurró—. Y hoy se rompió.

La camiseta cayó al suelo. Le desabroché el sujetador con una sola mano, y cuando sus pechos quedaron libres, no los toqué de inmediato. Primero los vi. Eran más grandes de lo que recordaba, más plenos, más oscuros en los pezones. Como si el tiempo, o la tensión, o la espera, los hubiera transformado.

—Mira cómo reaccionan —dijo ella.

Y lo hicieron. Al sentir el calor de mi aliento, se endurecieron, se erizaron, se hincharon un poco.

Le pasé los pulgares por encima, y ella jadeó, una sola vez, como si el sonido le hubiera escapado contra su voluntad.

Me arrodillé frente a ella. No para rendir homenaje. Para entender. Le desabrochó el pantalón del pijama, lo bajó con lentitud, y cuando sus muslos quedaron al descubierto, sentí que el aire se volvía más espeso.

—¿Estás mojada? —pregunté.

—Sí —admitió, y esta vez no bajó la mirada—. Como no he estado en años.

Le separé los labios con suavidad. No con curiosidad. Con reconocimiento.

—Eres más roja de lo normal —dije.

—Tú me miras así —respondió—. Como si estuvieras a punto de recordar algo que ya sabías.

Me incliné. Primero un beso en el monte de Venus. Luego otro, más abajo. Y cuando mi lengua rozó su clítoris, ella se arqueó, como si una descarga la hubiera atravesado.

—Dios —murmuró.

No me detuve. Fui lento. Trazando círculos pequeños, rozando con la punta de la lengua, sin presionar demasiado. Ella se aferró a mis hombros, y sus uñas me marcaron la piel, pero no con dolor. Con necesidad.

—Quiero sentirte dentro —dijo, y esta vez su voz era un grito ahogado.

Me levanté, me desabroché el cinturón, me bajé los pantalones y la ropa interior. Me tomé con una mano, y vi cómo sus ojos se fijaban en mi miembro.

—Tú también —susurró.

—Estoy más duro de lo normal —admití.

—Entonces no lo dejes esperar.

Me senté a su lado, la tomé por la cintura, y la llevé sobre mí. Se sentó con lentitud, bajándose poco a poco, hasta que su cuerpo se cerró alrededor del mío.

No fue rápido. No fue brusco. Fue como cuando el agua se derrama sobre ti en una ducha que acabas de encender: al principio duele un poco, pero luego se vuelve inevitable, inevitable y necesaria.

Ella se movió lentamente, al principio con timidez, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo. Luego, con más seguridad. Más fuerza.

—Así —dije, y le tomé las caderas—. Así.

Ella me miró, y por primera vez, no hubo duda en su expresión. Solo entrega.

—Tú sabes cómo me gusta —dijo, y se movió más rápido.

—Sí —asentí—. Lo sé. Siempre lo supe.

Se inclinó hacia adelante, apoyó sus manos sobre mis muslos, y se movió con más fuerza, con más intensidad. Su cabello le cubría la cara, pero yo la veía. Veía cómo sus labios se abrían, cómo su pecho subía y bajaba, cómo sus ojos se cerraban con cada movimiento.

—Mira —dije, y le tomé la cara entre mis manos—. Mírame.

Ella abrió los ojos. Y por un instante, no hubo nada más. Solo su mirada, fija en la mía.

—Ahora —susurró.

Y cuando me corrió dentro, no fue con un grito. Fue con una respiración profunda, como si hubiera estado esperando esa exhalación toda su vida.

Me quedé dentro de ella un rato más. Mientras su respiración se normalizaba, mientras su cuerpo se relajaba sobre el mío.

—¿Por qué ahora? —pregunté, y no era una acusación. Era una pregunta.

—Porque hoy no pude fingir más —dijo, y por primera vez, su voz sonó cansada, pero aliviada—. Porque cada vez que me tocaba, pensaba en cómo sería si tú lo hicieras.

—¿Y si lo hago de nuevo?

Ella sonrió, una sonrisa pequeña, casi tímida, pero auténtica.

—Entonces hazlo.

Y lo hice.

Lentamente.

Como si cada movimiento fuera una palabra en una carta que le escribo desde siempre.

Como si el tiempo, al final, nos hubiera dado permiso para decir lo que no atrevimos a decir con voz alta.

Como si el jardín de las horas extrañas —ese lugar donde el cuerpo sabe lo que el corazón aún no ha nombrado— finalmente nos permitiera entrar.

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