El café se enfrió, pero ella no

El café se enfrió, pero ella no

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (26) · 197 lecturas · 5 min de lectura

La luz del amanecer le entraba por la ventana como un dedo lento, acariciando el contorno de su espalda. Camila estaba despierta, pero no se movía. El calor del cuerpo de Tomas, pegado a su costado, le subía por la piel como un vino viejo que no se ha terminado. Él dormía con la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con esa regularidad que solo tienen los hombres que saben que están seguros. Ella lo miraba, no con ansia, sino con esa paz que solo da el saber que alguien te ha visto y aún así te quiere.

—¿Ya te despertaste, mamacita? —preguntó él sin abrir los ojos, la voz aún arrastrada por el sueño, pero con ese tono de paisa que le ponía los pelos de punta.

—Te vi mirándome —respondió ella, sin moverse, la voz baja, como si temiera romper algo.

—No te miraba, te olfateaba. Como cuando el café está caliente y tú lo hueles antes de tomarlo.

Ella sonrió, y entonces se volvió, lenta, como si el tiempo se hubiera vuelto miel. Su cadera rozó la de él, y Tomas respiró más hondo, como si hubiera recibido un golpe suave en el pecho. Abrió los ojos. No con sorpresa, sino con reconocimiento. Como si la hubiera estado esperando.

—¿Tienes hambre? —preguntó él, y ya sabía la respuesta.

—No. Tengo otra cosa.

Él se incorporó un poco, apoyándose en un codo. La miró de pies a cabeza, sin prisa. Camila llevaba la camiseta de él, la que le quedaba grande y que él siempre decía que le quedaba “como un guante de lana en la mano de un niño”. La tela se le pegaba en los pechos, aún húmeda del sudor de la noche anterior. El borde de la camisa se le había subido un poco, dejando ver la curva del culo, redonda y firme, como una naranja madura que no se deja caer.

—Ven acá —dijo él, y no fue una orden, fue una invitación que ya sabía ella no rechazaría.

Ella se acercó, sin apresurarse, y se sentó sobre sus piernas, las rodillas a los lados de su cadera. Tomas la tomó por la cintura, sin apretar, solo para sentir su peso. La piel de su abdomen, aún caliente, se pegó a la suya. Él la besó en la boca, despacio, como si cada labio fuera un verso que no quería terminar. Ella respondió con la lengua, suave, como si estuviera saboreando un dulce que no quería acabar.

—¿Te acuerdas de cuando te hice esto en la cocina? —le susurró él, mientras le mordía el lóbulo de la oreja.

—Claro. Me agarraste por el pelo y me dijiste: “Mamá, si no me das esto, me muero” —ella rió, bajito, con esa risa que le salía de la garganta.

—Y tú me dijiste: “Pues mátate, que yo me voy a tomar el café” —él la besó de nuevo, más profundo—. Pero no te fuiste. Me agarraste la camisa y me jalaste.

—Porque tu pito estaba más vivo que el horno.

Tomas gruñó, bajo, como un perro que ya sabe que va a ganar. Le desabrochó la camiseta con un movimiento rápido, pero sin romperla. Los botones cayeron uno tras otro, como gotas de lluvia en el techo. Ella no se movió. Solo lo miró, con los ojos abiertos, como si lo estuviera recordando por primera vez.

Él bajó la cabeza, lento, y le besó el pecho derecho, primero con los labios, luego con la lengua, como si estuviera probando el sabor de un café recién hecho. Ella exhaló, con los ojos cerrados, los dedos agarrando su cabello. Él no se apresuró. Le lamió el pezón hasta que se endureció, y luego lo chupó, suave, como si estuviera sacando la última gota de miel de una cuchara.

—Rico… —susurró ella, sin querer.

—Sí, mamacita. Rico.

Él bajó más, con los labios pegados a su piel, hasta que llegó al borde del pantalón. No lo desabrochó. Solo le metió la mano, por dentro, y la encontró ya mojada. Ella se estremeció, pero no se apartó. Él la acarició con un dedo, lento, como si estuviera dibujando una letra en su piel. Ella se movió, instintivamente, buscando más.

—¿Quieres que te lo meta ahora? —preguntó él, sin levantar la cabeza.

—Sí. Pero no con la mano.

Él se levantó, sin soltarla, y la llevó hasta la cama. La acostó, sin soltarla, y se quitó el pantalón con un solo movimiento. Ella lo miró, con los ojos brillantes, y lo vio allí, duro, vivo, como un árbol que no se dobla. Él se subió sobre ella, y le besó la boca otra vez, mientras le separaba las piernas con las rodillas.

—No te muevas —le dijo, y ella no se movió.

Él se introdujo poco a poco, como si estuviera entrando en un río que nunca se ha secado. Ella gimió, bajo, con la cabeza tirada hacia atrás, los ojos cerrados. Él se detuvo un segundo, solo para sentir el calor, la presión, la suavidad que la rodeaba.

—Tú eres mi casa —dijo él, sin pensar.

—Entonces no te vayas —respondió ella, y lo atrajo hacia abajo.

Él empezó a moverse, lento, con esa cadencia que solo los que se conocen desde hace años pueden encontrar. Cada empujón era un latido, cada suspiro, una palabra. Ella lo agarró por la espalda, las uñas rozando su piel, y él le mordió el cuello, sin miedo, sin prisa. Ella se arqueó, y él la sintió cerrarse a su alrededor, como si el cuerpo de ella quisiera retenerlo.

—Ya… ya… —murmuró ella, entre dientes.

—No te vayas —le dijo él, y la besó con fuerza.

Y entonces, sin que nadie lo pidiera, ella se vino, con un grito ahogado en su hombro, y él la siguió, con un gruñido que salió de lo más profundo, como si estuviera soltando un peso que no sabía que cargaba.

Se quedaron quietos, pegados, sudados, con el aliento entrecortado. El café, en la mesa de la cocina, ya estaba frío. Pero ella no se movió. Él tampoco.

—Te quiero —dijo él, sin mirarla.

—Yo también —respondió ella, y le besó la frente.

Y así, sin palabras más, sin necesidad de más, se durmieron, abrazados, con el sol entrando por la ventana, y el café frío, y el cuerpo de ella aún temblando, y el de él, todavía dentro de ella.

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