El café de las once

El café de las once

@la_condesa ·15 de junio de 2026 · 🔥 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

Yo tenía cuarenta y nueve años cuando lo vi por primera vez en la esquina de la calle 70 con Carrera 15, sentado en la mesa de atrás del café, con esos ojos que no miraban, sino que escudriñaban. Él, veinticuatro, con el pelo corto como si se lo hubiera cortado él mismo con las tijeras de su mamá, y una camisa blanca que le quedaba un poco grande, como si no supiera bien cómo vestirse para ser tan joven. No era guapo en el sentido tradicional —no tenía ese aire de modelo de revista—, pero tenía algo más peligroso: una quietud que no encajaba en su edad. Como si ya hubiera vivido mil cosas y solo estuviera esperando que alguien se las preguntara.

Me senté frente a él sin pedir permiso. Él no se inmutó. Solo levantó la mirada, lentamente, como si ya supiera que yo iba a hacerlo.

—¿Tienes hambre? —le pregunté, en voz baja, con el acento paisa que me ha acompañado desde que nací en Medellín, con ese tono que no pide, sino que ofrece.

—Sí —respondió, sin sonreír. Solo asintió, como si cada palabra fuera un tesoro que no quería desperdiciar.

Le pedí dos arepas de huevo y un café con leche, doble azúcar, como a mí me gusta. Él tomó el suyo sin azúcar, como si el dulce le recordara algo que no quería recordar.

—¿Trabajas aquí? —me preguntó, mirando mi vestido de seda negra, que me ajustaba como una segunda piel, y mis tacones de cuero que habían visto más noches de las que él podía imaginar.

—No. Pero vengo todos los días a las once. Siempre he venido. Aunque no tenga hambre. Aunque no tenga ganas. —Le sonreí, con esa sonrisa que aprendí a usar cuando los hombres empezaron a mirarme de otra manera, no con deseo, sino con curiosidad. Como si yo fuera un libro que nadie se atrevía a abrir.

—¿Y hoy sí tenías ganas?

—Hoy sí.

No hablamos más de eso. Comimos en silencio, pero no fue incómodo. Fue como si el aire entre nosotros ya estuviera cargado, como el momento antes de que caiga la primera gota de lluvia en Medellín, cuando el cielo se pone gris y todos saben que va a llover, pero nadie se mueve.

Cuando terminamos, él se levantó para pagar. Le dije que no, con una sola palabra: “No.”

—Yo invito —dije, y puse la mano sobre la suya. No fue un gesto de dominio. Fue un gesto de posesión. Él se quedó quieto. Sus dedos se tensaron. No los retiró.

—¿Dónde vives? —le pregunté.

—En el barrio de El Poblado. Cerca del parque.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Y qué haces con tu tiempo, niño?

—Estudio. Trabajo. Duermo.

—¿Y qué haces cuando no duermes?

Me miró como si estuviera a punto de confesar algo que no había dicho nunca. Y entonces, con esa voz que todavía no había perdido el timbre de la adolescencia, dijo:

—Pienso en mujeres que no me miran.

Me levanté. Le tomé la mano. No la apreté. Solo la sostuve, como si fuera un objeto frágil, como si fuera la primera vez que alguien me daba algo sin pedir nada a cambio.

—Ven conmigo.

No fue una pregunta. Fue una orden. Y él, sin dudar, me siguió.

Vivía en una casa antigua, con puertas de madera tallada, ventanas altas que dejaban entrar la luz como si fuera oro líquido. No tenía muebles excesivos. Solo lo necesario. Y un piano, viejo, que no tocaba desde que mi esposo murió.

Lo llevé al cuarto. No lo invité a sentarse. Lo invité a quedarse quieto. Él se quedó. Como un niño que no sabe si debe moverse.

Me desabroché el vestido. Lentamente. Cada botón, como un suspiro. La seda se deslizó por mis caderas, por mis muslos, por mis piernas. No me cubrí. No me escondí. Lo miré a los ojos mientras me quitaba el sujetador. Mis pechos, ya no tan firmes, pero aún redondos, aún vivos, aún míos.

—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté.

Él no respondió. Solo tragó saliva. Su pito ya se le levantaba, tenso, visible bajo el jean. No lo tocaba. No lo intentaba. Solo lo miraba, como si fuera un milagro que no se atrevía a tocar.

Me acerqué. No me agaché. Me puse de pie frente a él. Y entonces, con la punta de los dedos, le toqué la camisa. Le desabroché los botones, uno por uno, como si fuera deshaciendo un regalo.

—¿Sabes lo que significa ser vieja, niño? —le pregunté, mientras le quitaba la camisa.

—No.

—Significa que ya no te importa lo que piensen. Significa que ya no te mides por lo que otros quieren. Significa que tú eres el que decide cuándo, cómo y quién.

Le desabroché el pantalón. Le bajé la ropa interior. Su pito estaba duro, brillante, con esa punta roja que solo los jóvenes tienen. No lo toqué. Solo lo miré.

—¿Te gustaría que te mamar? —le pregunté, con la voz más suave que he usado en años.

Él cerró los ojos. Asintió.

No me arrodillé. Me incliné. Le tomé la base con la mano, y con la otra, le acaricié el rostro. Le besé el pene, suave, como si fuera un beso de despedida. Luego, lo tomé en la boca. No lo chupé como una niña. Lo mamar como una mujer que sabe lo que quiere, que ha aprendido que el placer no es solo del que recibe, sino del que da.

Él jadeó. Sus manos se cerraron en mis hombros. No me empujó. No me obligó. Solo me sostuvo. Como si temiera que me fuera.

Lo sentí temblar. Lo sentí venir. Y entonces, con un suspiro que parecía un llanto, se deshizo en mi boca.

No lo solté hasta que se calmó. Hasta que su respiración volvió a ser normal. Hasta que me miró, con los ojos llenos de algo que no era vergüenza, sino asombro.

Me levanté. Me limpié la boca con la servilleta que había usado para el café. Me volví a vestir. Lento. Con calma.

—¿Vendrás mañana? —le pregunté, mientras me ponía los tacones.

—Sí —dijo, con la voz rota, como si hubiera llorado sin saberlo.

—Entonces, a las once.

Y salí. No lo besé. No lo abracé. Solo le dejé la puerta abierta.

A las once, siempre vuelvo.

Y él, siempre está allí.

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El poder es el mejor afrodisíaco. Lujo, control y juegos donde yo pongo las reglas. Pasen, si se atreven.

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