La ventana del tercer piso
5 minLa ventana del tercer piso
Ella se desnudaba siempre con la luz apagada, pero esa noche dejó la cortina levantada.
No era intencional. No al principio. Solo olvidó bajarla después de abrir la ventana para que entrara el aire caliente de julio, el que traía el olor de la tierra mojada de la lluvia del día anterior. Se bañó con agua fría, se secó con una toalla gruesa, y mientras se peinaba frente al espejo, se olvidó de la ventana. La luz del salón iluminaba su cuerpo como un escenario sin público… hasta que él la vio.
Él no era un intruso. No era un vecino curioso ni un pervertido que espiaba por casualidad. Era Daniel, el hombre del departamento de al lado, que vivía solo desde que su esposa se fue con el hijo menor. Tenía treinta y ocho años, ojos claros y una cicatriz en la ceja izquierda que no se notaba si no se lo miraba de cerca. Se había mudado seis meses antes, y desde entonces, ella lo había visto en el ascensor, en el pasillo, en el supermercado de la esquina. Nunca hablaron. Solo se saludaban con una inclinación de cabeza, una sonrisa breve, como si ambos supieran que el silencio era más seguro.
Esa noche, él estaba sentado en su sofá, con una cerveza fría en la mano, mirando la televisión sin verla. La ventana de su sala daba justo frente a la suya. Y cuando ella se quitó la camiseta, él se detuvo. La respiración se le aceleró sin que él lo quisiera. No se movió. No apagó la tele. Solo dejó que su mirada se deslizara por el contorno de sus pechos, por la curva de la cintura, por la sombra que se formaba entre sus piernas cuando se inclinó para recoger la toalla del suelo.
Ella no lo sabía. Siguió con su rutina. Se puso un vestido ligero, de algodón claro, que se le pegaba en los muslos cuando caminaba. Se sentó en el borde de la cama, se descalzó, se masajeó los pies. Se levantó de nuevo, caminó hasta el balcón, y se apoyó en la barandilla. El viento le movió el pelo. Se pasó la mano por el cuello, y entonces, como si algo la hubiera instado, giró la cabeza.
Lo vio.
No gritó. No se cubrió. Solo lo miró. Sus ojos, claros como los suyos, estaban fijos en los suyos. No había miedo en su mirada. Ni sorpresa. Solo una quietud profunda, como si ya supiera que esto iba a pasar.
Él no se movió. Bajó la cerveza lentamente, como si temiera que el ruido la asustara. Levantó la mano, apenas un gesto, un dedo levantado, como para decir: *sí, te vi. Y no es malo.*
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Y luego, lentamente, se deslizó el vestido por los hombros. Lo dejó caer al suelo. Sin taparse. Sin mirar hacia otro lado. Se quedó allí, desnuda, con la luz de la calle iluminándole la piel, el viento jugando con sus pechos, con su vello púbico, con la curva de sus nalgas.
Él respiró hondo. Apagó la tele. Se levantó. Se desabrochó los pantalones. Se los bajó. Se deslizó el under, y se quedó allí, también desnudo, frente a su ventana, con el pene en erección, tenso, visible. No se tocó. Solo lo mostró. Como una ofrenda. Como una pregunta.
Ella no apartó la mirada. Se acercó a la ventana, hasta que su pecho casi rozaba el cristal. Él hizo lo mismo. Sus caras estaban a menos de un metro, separadas solo por el vidrio, el aire, el silencio. Ella levantó la mano, y puso la palma contra el cristal. Él hizo lo mismo. Las manos se tocaron por dentro, sin tocarse realmente. Pero él sintió el calor de su piel, como si el vidrio se hubiera vuelto invisible.
No hablaron. No necesitaban palabras. Ella se inclinó un poco, y con los dedos, se separó los labios de la vagina. Lentamente. Con calma. Lo miró mientras lo hacía. Él cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, ella ya estaba moviendo los dedos, suaves, como si estuviera jugando con algo precioso.
Él se tocó. No con urgencia. Con la misma lentitud. Con la misma intención. Su mano subió por el eje del pene, se detuvo en la cabeza, lo rozó con el pulgar. Se miraron. Ella se mordió el labio inferior. Él exhaló, una respiración larga, profunda, como si estuviera soltando algo que llevaba años guardando.
Ella se movió. Se sentó en el borde del balcón, las piernas abiertas, el viento acariciándole los muslos. Se pasó un dedo por el clítoris. Una, dos veces. Cerró los ojos. Su cuerpo se arqueó. Una leve sacudida la recorrió. No gritó. Solo suspiró, un sonido tan suave que él lo imaginó más que lo escuchó.
Él se tocó más rápido. Su respiración se volvió ronca. Sus dedos se apretaron. Su cuerpo se tensó. Y entonces, con un movimiento brusco, casi involuntario, se corrió. El líquido salió en arcos cortos, brillantes bajo la luz, y cayó sobre el suelo de su baño, manchando el azulejo. No se detuvo hasta que el último espasmo lo dejó temblando.
Ella lo vio. Lo vio todo. Y cuando él abrió los ojos, ella ya estaba sonriendo. No con burla. No con vergüenza. Con una paz profunda, como si algo que llevaba años esperando hubiera finalmente encontrado su lugar.
Se levantó. Se puso el vestido. Lo miró una última vez. Y luego, con una leve inclinación de cabeza, como si fuera un saludo de despedida, bajó la cortina.
Él se quedó allí, desnudo, con el pene aún húmedo, la mano aún temblando. No se movió por mucho tiempo. No encendió la tele. No bebió. Solo miró la ventana, como si todavía pudiera verla allí, como si el cristal fuera un espejo que reflejara algo más que una imagen.
Al día siguiente, ella lo vio en el ascensor. Llevaba una camisa nueva, de color azul claro. Él la miró. Ella lo miró. Y sin decir una palabra, sonrieron. Ambos. Como si ya supieran que eso no era un final. Era solo el comienzo de algo que ya no necesitaba palabras.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.