La mudanza de la vecina soltera
El calor de la Ciudad de México caía a plomo cuando Andrés bajó del camión de mudanzas con la última caja de madera, sudoroso y con la camiseta pegada a la espalda. Había aceptado el trabajo de ayudar a su vecina nueva a mudarse, más que nada por curiosidad: una mujer joven, soltera, con aire de artista y mirada intensa que se había mudado al departamento contiguo al suyo. Se llamaba Claudia, y desde el primer día lo había mirado con una fijeza que no era precisamente de cortesía.
—Ya nomás faltaba esta —dijo Andrés, dejando la caja en medio de la sala. El piso de madera crujió bajo sus botas.
—Gracias, de veras —respondió Claudia, quitándose el fleco de la cara con un movimiento rápido. Llevaba un vestido corto de algodón, sin mangas, y unas sandalias planas que dejaban ver sus pies morenos y bien cuidados. El escote, sin ser provocador, dejaba entrever un leve valle que a Andrés se le quedó grabado en la retina desde que la vio abrir la puerta.
—No hay de qué. Además, no es como si tuviera algo mejor que hacer un sábado —dijo él, sonriendo con cierta pereza.
Claudia le ofreció una cerveza fría. Se sentaron en el suelo, sobre una manta que aún no había sido desempacada, entre cajas rotuladas con caligrafía fina: *Libros*, *Ropa*, *Cosas de baño*. El sol se colaba por las cortinas nuevas, apenas colocadas, y el aire olía a cartón, a sudor limpio, a piel caliente.
—¿Y por qué te mudaste aquí? —preguntó Andrés, dándole un trago largo a la cerveza.
—Necesitaba un cambio. Mi ex vivía en mi colonia, y mejor cortar de raíz. Además, aquí se siente distinto. Más… libre.
Lo miró mientras hablaba, sin desviar la vista. Andrés sintió un cosquilleo bajo el cinturón. No era solo atracción, era como si ella supiera algo que él aún no.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Soltero, casado, viudo?
—Soltero. Con historias, pero sin ataduras.
—Como yo —dijo Claudia, y se acercó un poco más, cruzando las piernas, el vestido subiéndose un poco más de lo necesario. Andrés vio el muslo, terso, bronceado, y pensó en cómo se sentiría entre sus manos.
El silencio se extendió, pero no fue incómodo. Era denso, cargado. Como si el aire mismo esperara a que alguien diera el primer paso.
—¿Te ayudo a desempacar el cuarto? —preguntó Andrés, aunque ya sabía que no se trataba solo de ayudar.
—Sí —dijo ella, con una sonrisa apenas insinuada—. Pero antes, ¿me ayudas a quitar estos clavos del marco de la puerta? Me raspan cuando paso.
Andrés se puso de pie. Claudia estaba detrás de la puerta, señalando con el dedo un clavo sobresaliente. Cuando él se inclinó para revisarlo, ella pasó a su lado, rozándolo. El contacto fue breve, pero intenso: el calor de su cuerpo, el perfume sutil de vainilla y sal, el roce de sus nalgas contra su cadera.
Andrés se detuvo. Ella también.
Se miraron. No hubo palabras. Solo respiraciones más pesadas, pupilas dilatadas.
Entonces Claudia alzó la mano, le tocó la mejilla con los dedos, y acercó su boca a la de él. El beso fue lento al principio, exploratorio, como si midieran la profundidad del deseo. Luego se volvió hambriento. Andrés la tomó por la cintura, la pegó a su cuerpo, y ella respondió abriendo las piernas un poco, dejando que él sintiera la dureza de su verga contra su vientre.
—No aquí —susurró ella, pero sin soltarse.
Lo tomó de la mano y lo llevó al cuarto. La cama aún no tenía colchón, solo un somier desnudo. Pero a ninguno de los dos les importó. Claudia se quitó el vestido de un tirón, quedándose en brasier negro y bragas delgadas de encaje. Andrés se deshizo de su camiseta, dejando al descubierto un torso fibroso, marcado por el trabajo y los años.
Ella lo empujó suavemente sobre el somier. Se subió encima, a horcajadas, sintiendo cómo su sexo, ya hinchado, se ajustaba al hueco de su culo. Comenzó a moverse, lento, sin prisa, rozando apenas. Andrés le agarró las nalgas con fuerza, las separó un poco, y deslizó un dedo por la línea que separaba sus muslos.
—¿Te gusta así? —preguntó ella, bajando la voz.
—Me encanta —respondió él, y la besó otra vez, esta vez con más urgencia.
Claudia se quitó el brasier, liberando unos senos firmes, con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire. Andrés los tomó con ambas manos, los besó, los mordió suavemente. Ella gemía bajito, como si no quisiera que alguien los escuchara, pero con un placer que no podía disimular.
—Quítame las bragas —pidió.
Él obedeció. Con los dedos temblorosos, le bajó la prenda por las piernas, deteniéndose en el aroma que despedía su sexo. Húmedo, abierto, listo. Andrés se arrodilló entre sus piernas y acercó la boca. Ella gritó apenas, conteniéndose, mientras la lengua de él trazaba círculos alrededor de su clítoris, entrando y saliendo con ritmo lento, profundo.
—Vas a hacer que me venga —dijo, con la voz quebrada.
—Hazlo —respondió él—. Quiero sentirte.
Y ella se vino, con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo, aferrándose a la cabecera de metal, mordiéndose el labio. Andrés se levantó, se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón y los calzoncillos. Su verga, dura y gruesa, saltó libre. Claudia la tomó con la mano, la acarició, la besó en la punta.
—¿Te la chupo? —preguntó, mirándolo a los ojos.
—No. Quiero cogerte.
Ella sonrió, se acostó sobre el somier, abrió las piernas. Andrés se colocó encima, alineó su verga con su entrada, y de un solo empujón entró hasta el fondo. Ambos gritaron. Fue como si el mundo se detuviera un segundo.
Empezó a moverse con fuerza, pero con control. Cada embestida era un latido. Claudia le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le decía al oído cosas que lo encendían más: “así, cabrón, así”, “no pares”, “más duro”. Andrés sentía que iba a explotar, pero quería que durara.
Cuando ella se vino de nuevo, con un espasmo que le dobló las piernas, Andrés se salió apenas, se masturbó rápido y se corrió sobre su vientre, largos chorros blancos que se mezclaron con el sudor.
Quedaron en silencio, jadeando, mirándose. Nadie dijo nada. No hacía falta.
Fuera, el sol ya se ponía. Las cajas seguían allí, muchas sin abrir. Pero en ese momento, nada importaba más que el calor compartido, el sudor, el olor a sexo y a piel mojada.
—Mañana —dijo Claudia—, me ayudas a desempacar el baño.
Andrés sonrió. Asintió. Sabía que no era solo sobre cajas.
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