La costurera del alba

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que a los cincuenta y tres años una mujer como yo, con la piel surcada por el sol y los hijos criados, iba a temblar como una chiquilina por un par de ojos. Pero ahí estaba yo, doblada sobre la mesa de trabajo, con la concha palpitando como si tuviera dieciocho, y los dedos torpes de tanto coser, pero ahora no de puntadas, sino de deseo.

Yo soy Rosa, y tengo una sastrería chica en el barrio de Almagro. Un lugar con olor a tela vieja, a tijeras afiladas y a perfume barato de las clientas. Atiendo de nueve a siete, y todos los martes por la mañana llega ella: Lucía. No la dueña del taller, no. Lucía es la costurera que me ayuda con los ajustes finos, los bordados, los cierres que se rompen en el último momento. Tiene cincuenta y ocho, pero parece más joven. Cabello negro con hebras plateadas que no quiere teñir, ojos oscuros que miran fijo, como si supieran demasiado. Y una boca… Dios, esa boca. Grande, hinchada, como si hubiera estado besando toda la vida y no se arrepintiera de nada.

Hoy vino con un vestido rojo bajo el brazo. De seda. Con cola. Me dijo que era para una boda, pero yo sé que no. Lo reconozco: es un vestido de cama. De esos que se usan para que el hombre se vuelva loco y no sepa por dónde empezar. Me pidió que le ajustara la cintura. "Ajustame todo lo que puedas", dijo, con esa voz que tiene, como si estuviera susurrando al oído de un amante.

—Vení, parate acá —le dije, señalando el centro del taller, donde hay un espejo grande y un taburete bajo.

Se sacó el abrigo y quedó en ropa interior. No me sorprendió. Ya me acostumbré. Pero hoy… hoy fue distinto. Hoy el aire se espesó. Yo tomé la cinta métrica, pero me tembló la mano. Le pasé el centímetro por la cintura, justo por encima de la cadera, y sentí el calor que despedía su piel. No dije nada. Ella tampoco. Pero cuando le toqué el costado izquierdo, justo donde empieza el sostén, se le escapó un suspiro corto. Como un jadeo.

—¿Te hago mal? —pregunté, con la voz más tranquila que pude.

—No —dijo—. Al contrario.

Entonces me miró por el espejo. Y en ese instante, algo se quebró. No sé quién empezó, pero de pronto estaba parada atrás de ella, con mis manos en su cintura, bajando despacio. Ella se dejó, con los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Le besé el cuello. No fue un beso suave. Fue húmedo, con lengua, con ganas. Ella gimió. Un sonido bajo, gutural.

—Rosa… —dijo, como si mi nombre le quemara la garganta.

Le bajé el sostén. Primero un hombro, después el otro. Los senos se le cayeron suaves, con esa forma que solo tienen las mujeres que han amamantado, que han vivido. Grandes, con areolas oscuras, pezones duros. Me arrodillé. No lo pensé. Fue como si mis piernas supieran lo que tenían que hacer. Le besé la espalda, bajando por la columna, hasta donde empieza el culo. Le bajé la bombacha. Negra, de encaje. Se la saqué despacio, rozando con los dedos el interior de los muslos.

Y ahí estaba. Su concha. Pelada, hinchada, brillante de humedad. No pude resistir. Le pasé la lengua de abajo arriba, una sola vez, pero fue suficiente para que se estremeciera entera.

—Dios, Rosa… no pares.

Y no paré. La chupé como si fuera la primera vez que probaba una mujer. Con hambre, con desesperación. Le metí dos dedos, despacio, mientras con la lengua atacaba el clítoris. Ella se agarró del espejo, con las piernas temblando. Gritó. Un grito corto, ahogado. Y se corrió. Sentí cómo se contraía, cómo la humedad me corría por la barbilla.

Pero no terminó ahí. Ella se dio vuelta, me agarró del pelo y me levantó. Me miró con esos ojos oscuros, como si me viera por primera vez.

—Ahora vos —dijo.

Me sacó el delantal, la blusa, el corpiño. Me desnudó con una lentitud que me volvió loca. Me empujó contra la mesa de trabajo, la misma donde plancho los vestidos, donde corto las telas. Me sentó encima, con las piernas abiertas. Y entonces vi su boca acercarse. Me lamió como si fuera un postre. Con devoción. Con furia. Me mordió el clítoris, me metió la lengua adentro, me hizo gritar cosas que no sabía que podía decir.

—¡Sí, Lucía! ¡Así, cogéme con la boca!

Y entonces, mientras me corría por segunda vez, sentí algo distinto. Una pija. Pequeña, de goma, atada a una cinta. Me la metió despacio, mientras seguía chupándome. La sentí entrar, fría al principio, después caliente, como si fuera real. Me corrí gritando, con las manos en su pelo, con el culo levantado de la mesa.

Cuando terminó, me abrazó. Nos quedamos así, sudadas, con el olor de la concha mezclado con el de la tela y el jabón. No dijimos nada. No hacía falta. Pero antes de irse, me miró y dijo:

—La próxima vez… quiero que me coger con tu pija de verdad.

No le pregunté de dónde la sacaría. No importa. Lo que importa es que ahora, cada martes, espero ese momento. No por el vestido. Por ella. Por la forma en que me mira, por cómo me toca, por cómo me hace sentir viva otra vez. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si el cuerpo no fuera un mapa de cicatrices, sino un territorio nuevo por descubrir.

Y cuando cierro el taller, a veces me quedo un rato más. Me paro frente al espejo, me toco, me imagino sus manos, su boca, su deseo. Porque ya no soy solo la dueña de una sastrería. Soy la mujer que Lucía quiere. Y eso, a esta altura de la vida, es más que suficiente.

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