El jale que me dio el dueño del hostal en Cartagena

El jale que me dio el dueño del hostal en Cartagena

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

Yo nunca pensaba que me pasaría eso, pero Cartagena me cambió la vida. Era junio, calor de coño, y me había alquilado un cuartito en un hostal viejo pero bonito en el centro, cerca de la Plaza de los Coles. El dueño, un paisa alto, musculoso, de esos que parecen sacados de una telenovela de los 90, me atendió con una sonrisa que me sonaba a trampa. Se llamaba Jhoan, y tenía manos grandes, pecho peludo y una mirada que me ponía los pelos de punta.

—Bienvenida, hermana. Si necesitas algo… cualquier cosa —me dijo, mientras me daba las llaves. Me tocó la mano un segundo más de la cuenta, y me encendí.

Pasaron tres días de calor y sudor. Yo andaba por la ciudad con minifalda y top corto, sabiendo que Jhoan me miraba desde la recepción. No decía nada, solo asentía con la cabeza y me sonreía, como si ya supiera lo que iba a pasar.

La noche del cuarto día, llovió torrencialmente. El hostal se oscureció: apagón. Me tocó encender una vela y bajar con el celular cargado para ver si podía hacer algo. Jhoan estaba ahí, con una linterna en la mano, camiseta mojada pegada al pecho, el pelo goteando.

—¿Tienes luz en tu cuarto? —me preguntó, con la voz grave, como si le temblara la lengua.

—Nada, jefe. Pero tengo esto —le mostré el celular.

—Venga, subamos. Acá no hay nada que hacer —dijo, y me tomó suavemente del brazo.

Subimos las escaleras de madera crujiente. Yo con el corazón en la garganta, sabiendo que era una mala idea, pero no pudiendo evitarlo. Al entrar al cuarto, me volvió a mirar. Esta vez no disimuló.

—¿Quieres que te proteja del frío? —me preguntó, con una sonrisa perversa.

—Sí —le dije, sin pensarlo.

Se acercó lento, se quitó la camiseta y me tiró la linterna a un lado. Me agarró de la cintura y me apretó contra su cuerpo. Me sentí pequeña, dominada, y me gustó. Me besó con fuerza, con lengua y todo. Me mordió el labio, me chupó el cuello, y me soltó una frase que me hizo temblar:

—Te he querido desde el primer día que entraste, perra. Pero hoy vas a ser mía, ¿entiendes?

—Sí, jefe —le susurré, ya con el pito duro y el culo mojado.

Me quitó el top y el panty con un solo movimiento. Me dio la vuelta y me empujó contra la pared. Me agarró de los pelos y me obligó a mirar el espejo. Me vi: cara roja, pechos flotando, el culo tieso, el coño ya abierto, húmedo, esperándolo. Me metió dos dedos en la vulva y me los movió con crudeza, sin pedir permiso. Me di cuenta de que yo ya lo había pedido. Le dije: “Más, jefe, que me lo rompas”.

Me volteó, me agarró de la barbilla y me lo metió entero, con un empujón seco. Me quejé, pero no de dolor, sino de tanto placer. Me agarroté, me crispé, y me empezó a jalar con fuerza, sacándome el pito como si fuera un chicle. Me dio una nalgada que me dejó sorda. Me agarró del pelo de nuevo y me lo volvió a meter, más fuerte, más rápido. Me grité su nombre como una loca.

—¡Jhoan! ¡Jhoan! ¡Me lo estás metiendo todo! ¡Rico, rico!

Me dio una vuelta y me puso de cuclillas. Me agarró del culo y me lo metió por atrás, con el pene tieso y caliente. Me levantó la falda, me separó las nalgas y me lo clavó hasta la base. Me lamía el coño mientras me lo metía y sacaba, con movimientos cortos y brutales. Me pegó otra nalgada y me dijo:

—Estás muy buena así, perra. Que se sepa que Jhoan te usó.

Me corrió encima mientras me lo metía todo, me corrió con fuerza, me corrió como si me odiamos. Me corrió en la garganta, en la boca, en los pechos. Me corrió hasta que ya no pude más.

Me dejó en la cama, agotada, con el coño abierto, el pito sangrando un poco, el culo quemado. Me acarició el pelo y me dijo:

—Mañana vuelves, ¿verdad?

—Sí, jefe —le dije, con una sonrisa de idiota feliz.

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