La noche que mi vecina me pidió que le chupara los huevos

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Yo nunca pensé que un simple gesto de amabilidad me llevaría a aquello. Mi vecina de al lado —Sandra—, esa morena alta, con el culo como una sandía madura y el pito que nunca había visto pero que imaginaba con cada vez más frecuencia desde que me pasó la basura ese día en bermudas cortas—, un día me llamó a la puerta con los ojos más brillantes que una botella de aguardiente recién destilada.

—Oye, ¿me haces un favor? —dijo, sin siquiera sonreír del todo, pero con esa voz que ya me hacía temblar los pelos de los brazos.

Yo, medio sorprendido, medio emocionado, le dije que sí sin pensar. Y ahí, entre el calor de la tarde y el olor a jabón de vainilla que le salía de la piel, me explicó: quería que le chupara los huevos.

—¿Qué? —le dije, como si no hubiera entendido, aunque ya me sonaba la sangre en las orejas.

—A ver si no me escuchaste: que le chupes los huevos. No el pito, los cojones. Que me los están picando y necesito que me los sueltes un ratito.

Me reí, medio nervioso, medio loco. Pero ella no se río. Solo me miró, con las cejas un poco arqueadas, como desafiándome, como diciendo: *¿o no te animas?*

—¿Tienes miedo? —preguntó, con ese tono que ya me ponía duro en un segundo.

Le dije que no. Y entré.

Ella me llevó directo al cuarto. No había música, ni velas, ni drama. Solo una cama deshecha, una frazada por el suelo y una botella de agua en la mesita. Me senté en la orilla y me desabroché los pantalones, aunque no era necesario: ya llevaba el pito tieso dentro de la braga.

—Pásate pa’ acá —me pidió, sentándose en el borde de la cama, con las piernas abiertas y las manos apoyadas atrás, como si ya estuviera lista para lo que viniera.

Yo me acerqué, con las manos temblorosas, y le quité el short. Lo tenía húmedo, pegado al pito, y el velloPubiano rizado como esponja de cocina. Pero no me fijé tanto en eso: lo que me llamó la atención fueron sus cojones. Flotaban suaves, pelados, y con esa línea media que subía como una línea recta hasta el ombligo. Me los miré un buen rato, sin tocarlos, solo con la respiración cortada.

—¿No vas a hacer nada o qué? —me dijo, con voz baja, pero firme.

Me agaché. Primero le besé uno, con la punta de la lengua, lento, como si lo estuviera probando. Luego el otro. Me los chupé como si fueran caramelos, pero con fuerza, con ganas. Me los llevé a la boca, uno a la vez, y los mordí con cuidado, no para hacer daño, sino para sentirlos ahí, vibrando contra mi paladar.

Ella soltó un gemido, corto, ahogado.

—Ahí sí te creí —dijo, mientras me agarraba del pelo y me empujaba más.

Yo le lamí el escroto entero, hasta que se puso duro como una piedra. Entonces lo tomé con las dos manos y lo apreté un poco, como si lo estuviera masajeando, y lo hice girar suavemente. Ella se estremeció, y sus caderas se movieron solas, como si su cuerpo ya supiera lo que quería.

—Sí… sí… así —me susurró.

Le lamí la base, donde el pito nacía, y sentí cómo se humedecía más. Entonces, sin pensarlo más, le metí la lengua entre los testículos y el ano, y le di un beso húmedo, largo, con fuerza. Ella soltó un *¡ah!*, medio quejido, medio risa, y me dijo:

—¿Viste cuánto tiempo hacía que no me hacía eso? —y me besó la frente, como si fuera suyo.

Yo le pasé la lengua por el coño ahora, lento, con la punta, como si lo estuviera oliendo. Y cuando lo sentí humedecido, le abrí las nalgas con los dedos y le chupé el ano. Ella se puso tensa, pero no se movió. Solo me miró, con los ojos cerrados, y suspiró:

—Mándame a chingar… —y se le puso la piel de gallina.

Fue entonces cuando me subí, le separé los labios del pito con los dedos, y le chupé la punta, con la lengua plana, como si lo estuviera sacando de su lugar. Me lo llevé a la boca, profundamente, hasta que me tocó la garganta, y lo supe: era mi vecina, era Sandra, y estaba ahí, conmigo, en mi habitación, con el pito fuera, con los cojones duros, y yo chupándole el culo como si no hubiera un mañana.

—¡Ya no aguanto! —me dijo, y me apartó la cabeza con suavidad, pero con firmeza.

Se puso encima de mí, me abrió los pantalones y me sacó el pito, que ya estaba como una vara. Me lo miró un segundo, sin decir nada, y se lo llevó a la boca. Me lo chupó así, sin prisa, como si lo estuviera savoreando, y luego me lo metió todo, hasta la raíz, y me lo sacó con un *glup* húmedo.

—Ahora sí… —me dijo, y se inclinó hacia atrás, apoyándose en mis piernas, y se lo metió todo, hasta que se le pusieron los ojos blancos.

Yo le agarré los cojones, los apreté fuerte, y empecé a correrle a fondo, con la cama crujiento como si fuera a partirse. Ella se reía entre dientes, con la cabeza atrás, y me decía cosas sucias: “¡Sí, así! ¡Dale más fuerte! ¡Me gusta que me lo metas todo!”.

Yo la sentía apretada, caliente, húmeda. Me puso las manos en las nalgas y me apretó, como diciendo: *que no pare*. Y no paré. Corrí con ella, la llevé al borde, y cuando sentí que se le ponía el cuerpo rígido, que se le cerraba el pito y que empezaba a temblar, le dije:

—Te voy a meter el pito hasta el fondo… y cuando te vayas, te voy a chupar los huevos otra vez.

Ella me besó la frente, y me susurró:

—¡Dale, mijo! ¡Hazme el culo como loco!

Y lo hice. Con fuerza, con ganas, con todo. Hasta que ella gritó, como si le hubieran arrancado el alma: “¡AHHHHH! ¡Sí! ¡Me voy! ¡Me voy!”. Y yo la sentí estrecharse, temblar, y su pito espasmódico, y luego su coño bombeando, como si quisiera tragarme entero.

Me bajé, y sin decir nada, me puse de rodillas y le chupé los cojones otra vez. Ella se reía, con la cara mojada, y me besó la cabeza.

—Eres un animal —me dijo.

Y yo le contesté, sin soltar sus huevos:

—Sí, pero los tuyos me saben a cielo.

Y nos quedamos así, los dos sudados, los dos quietos, los dos con la respiración pesada. Ella me acarició la cabeza, como si fuera suyo, como si yo fuera su perro favorito. Y yo me quedé allí, con sus cojones entre mis manos, y con el pito aún duro, pero ya tranquilo, como si hubiera cumplido su misión.

Esa noche no hicimos nada más. Solo nos abrazamos, nos dimos un beso largo, y ella se fue a su casa. Pero desde entonces, cada vez que me veo con ella en el pasillo, me sonríe con esa mirada que dice: *ya sabemos lo que nos gusta*.

También en: TransexualOralAnal

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Fetichismo