El Silencio del Cuerpo

El Silencio del Cuerpo

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

Vivía solo desde hacía poco más de un año, y en ese tiempo había descubierto que el cuerpo, cuando nadie lo mira, se comporta de una manera extraña: más honesta, más descarada, menos tímida. No es que antes no me masturbara, claro —todos lo hacemos—, pero allí, con alguien presente (aunque solo fuera su sombra en la pared), todo se volvía teatro. Aquí, en cambio, el silencio es el mejor amante. Me conoce desde siempre.

Era noche de jueves. Llovía suave, esa llovizna fina que pega como humo y deja el aire cargado de humedad y de ese olor a tierra mojada que a mí me pone nervioso. Me había quedado en pijama, sin calcetines, los pies descalzos sobre el piso de madera que aún conservaba el calor del día. No tenía ganas de hacer nada en especial. Sólo estar. Escuchar el reloj del living, el gotear del caño del baño, el viento arrastrando hojas secas contra el vidrio.

Me senté en el sofá, con una taza de té de manzanilla humeante entre las manos. No me tomaba el té de pie, como hace la gente apurada. Lo saboreaba con lentitud, mirando la tele apagada, porque ya no me interesaban las historias ajenas. Me gustaba más observar cómo la luz de la calle se deslizaba por el piso, marcando una línea dorada y temblorosa sobre la alfombra gris.

Fue entonces cuando me di cuenta de que me había quitado el reloj. No sabía cuándo. Tal vez mientras me servía el té. Tal vez antes. Lo único que recordaba era que no lo tenía en la muñeca, y eso ya era una señal. El cuerpo me hablaba sin palabras.

Me levanté. No con prisa, pero tampoco con hesitación. Caminé directo al baño. Me miré en el espejo: ojos medio cerrados, labios entreabiertos, la piel ligeramente roja por el vapor del té. Me desabroché la camiseta, paso a paso, con cuidado de no hacer ruido. El algodón se deslizó por los hombros, y sentí el aire fresco rozándome el pecho. Me dije: *vení, mostrate*, pero no con una voz externa. Fue el cuerpo el que lo habló.

Me deshice del pijama, dejándolo caer en el suelo sin apuro. Estaba en cueros, solo con los calcetines, y me quedé quieto un rato. Me miraba. Me tocaba con la mirada como si fuera otra persona. Me sentí pesado. Pesado de desear. No de hacer, sino de desear. Y eso, a veces, es más intenso que cualquier movimiento.

Me agaché lentamente, apoyé las manos en el lavabo, y dejé que el agua fría me corriera por los dedos. Me lavé las manos. Me sequé con la toalla. Y luego, sin mirar atrás, me senté en la tina, con las piernas abiertas, la espalda recta, y me puse a respirar. No me dije *tenés que hacerlo*. Me dije: *dejá que venga*.

Y vino. Lento, como un tren que no para en estaciones, sino que solo se acerca. Sentí el calor subir por el estómago, el cuello, la nuca. Me pasé la palma por el pecho, despacio, como si estuviera sacando algo de adentro. Me toqué el ombligo con el pulgar, y luego bajé, más abajo, hasta que mis dedos encontraron la concha, ya húmeda, ya tibia.

No la apreté. No la froté. Sóle la rozé. Y esperé.

Me puse de pie. Me di la vuelta hacia el espejo. Me vi: pelo despeinado, labios secos, pupils dilatadas. Me besé el cuello con los dientes, suave. Me pasé la lengua por el pulso. Y entonces, con la mano izquierda, me tomé por la cintura, y con la derecha, bajé más, más abajo, hasta encontrar la pija, ya dura, ya pendiente.

La apreté una vez. Dos. Sin apuro. Sin ansiedad. Como quien toca un instrumento que recién aprende. Me miraba en el espejo mientras lo hacía, y cada vez que me veía, sentía que me daba permiso para más.

Me acerqué al espejo. Me puse de puntillas. Apoyé la frente contra el vidrio frío. Respiré fuerte. Y entonces, con una sola mano, me cogí con ternura, con paciencia, con ese tipo de ternura que duele pero que también salva.

No llegué rápido. No quería. Quería que durara. Quería que el cuerpo me hablara hasta el final.

Cuando vine, lo hice sin gritar. Con los dientes apretados, con los ojos cerrados, con el cuerpo doblado sobre sí mismo, como una hoja que se cierra sobre un poema que no se va a leer nunca.

Me quedé quieto un buen rato. Me limpié con la toalla. Me lavé las manos. Me puse la camiseta.

Y cuando volví a mirar el espejo, ya no estaba yo. Estaba alguien que se había quedado sin palabras. Alguien que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de estar solo.

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