El sabor del jilote en la lengua
6 minEl sabor del jilote en la lengua
La luz del atardecer se deslizaba por las ventanas del loft de Xóchitl, tibieza dorada que acariciaba sus hombros desnudos mientras se masajeaba la nuca, agotada después de doce horas en el estudio de danza contemporánea. Tenía la piel morena clara, luminosa, con reflejos cobrizos que brillaban bajo el sol que aún resistía en el cielo. El sudor se le pegaba en pequeños ríos por las costillas, el cuello, la entrepierna, y el olor a sal y a jazmín se mezclaba con el del aceite de coco que se había echado al pelo antes de salir.
—Chila, ya me va a dar un infarto —murmuró, quitándose el suéter sudado y dejándolo caer al suelo.
La puerta se abrió sin avisar. Era Adrián, su novio desde hacía siete meses. Alto, fornido, piel oscura como tierra regada después de la lluvia, cabello rizado, bigote bien recortado y ojos que siempre tenían una chispa de curiosidad —y de ganas, claro. Llevaba una camiseta gris pegada al pecho y un bolso de tela con sus herramientas de plomero.
—¿Te duele la nuca, nena? —preguntó, dejando el bolso en la mesa baja y acercándose con paso lento.
—Sí, como si me hubieran clavado un clavo ahí —respondió ella, volteando hacia él con una sonrisa cansada pero burlona—. Pero si me la estás mirando así, mejor te la quito.
Él no respondió con palabras. Se arrodilló frente a ella, como si fuera un rey rendido ante su reina, y con los dedos anchos y hábiles, empezó a masajearle la nuca. Las uñas le rozaron la piel, con presión firme, luego más suave, luego otra vez fuerte, y Xóchitl soltó un gemido ahogado.
—Ahh… sí —suspiró—. Ahí está, esa presión.
Adrián bajó las manos, las deslizó por sus brazos, y con la palma le acarició la espalda baja. Su respiración se volvió más profunda, más entrecortada.
—¿Y qué más te duele, chilayuma?
Ella se volvió hacia él, lo miró fijo, los labios entreabiertos. Lo agarró del pelo y lo jaló hacia ella.
—Tú sabes qué —dijo con voz ronca—. Mi verga ya te está esperando, chiquita.
Ella se rió, una risa baja, sensual, y lo empujó hacia el sofá. Él cayó de espaldas, sin perder el ritmo, sin soltarla. Xóchitl se sentó a horcajadas sobre él, con las rodillas a cada lado de su pecho, y se inclinó hasta que sus pechos le rozaron la cara. Se quitó el sostén con un movimiento rápido, dejando al descubierto sus pezones duros, oscuros, hinchados ya por la tensión.
—Mírame —le ordenó—. Mírame bien.
Él la miró, con los ojos oscuros, pupils dilatadas, la respiración agitada.
—Eres la reina de mis ojos —murmuró—. Pero hoy no te voy a dejar reinar. Te voy a chingar como se debe.
Ella soltó una carcajada, pero no de burla. De ganas. De fuego.
—Pues ven a intentarlo, plomero.
Lo jaló de la cabeza hacia sus pechos. Él lamió uno, luego el otro, con la lengua tibia y áspera, mordisqueando el pezón hasta que ella gimió, arqueando la espalda. Se levantó un momento, se desabrochó el pantalón, lo bajó junto con la ropa interior, y dejó al descubierto su verga tiesa, gruesa, la punta húmeda de presemolina. Adrián la observó con los ojos entrecerrados, la boca seca.
—La tienes bien puesta, nena —dijo, agarrándola por las caderas.
—Y tú la tienes bien dura, chilango —respondió ella, pasando la palma de la mano por su cuerpo, desde el pecho hasta el vientre, hasta la base de su verga—. Pero no me vas a meter la verga así como así. Hoy te voy a enseñar a comerme bien.
Se puso de pie, se desabrochó el pantalón, lo bajó con lentitud, dejando al descubierto su culito redondo, sus nalgas firmes, su entrepierna pelada, con el monte de Venus hinchado, los labios grandes oscuros y húmedos. Se volvió hacia él, con una mano sobre la cadera y la otra apoyada en el respaldo del sofá.
—¿Qué ves?
—Una perra buena —respondió Adrián, sin dudar—. Una perra que me está chamullando con la mirada.
Ella se rió, pero se mordió el labio. Se agachó, puso las manos a cada lado de sus muslos, y con la lengua le lamió el scrotum, luego subió con suavidad hasta la base de su verga, y de golpe, lo chupó entero, hasta la corona.
Adrián soltó un gruñido, levantó las caderas, agarró la cabeza de Xóchitl y la empujó hacia adelante, como queriendo clavársela en la garganta.
—Ahh… chinga, nena… así no —gimió—. Me vas a hacer estallar.
Ella lo soltó, con un *pop* húmedo, y se levantó. Se acercó a él, se puso frente a su cara, y con los dedos abrió sus propios labios vaginales.
—Mírame —dijo—. Mírame cómo me humedezco por ti.
Adrián la miró. Sus ojos se volvieron oscuros como el carbón encendido. Vio el rubí húmedo, los pliegues rosados, el botón sensible que palpitaba al ritmo de su respiración.
—Estás más mojada que un pescado en la calle —murmuró.
—Y tú estás más duro que una palanca de camión —respondió ella, tomándole la verga con la mano—. Ahora sí, chilango. Mete esa verga.
Se subió sobre él, con la punta de su verga rozando su clítoris, luego rozando los labios, y finalmente, con una presión lenta, se hundió sobre él, tragándose la primera pulgada, luego la segunda, luego toda la verga hasta la raíz.
—Ahh… mierda… —gimió Adrián, apretando los dientes—. Estás más apretada que un calcetín de mi abuelo.
—Y tú me estás llenando como nadie —respondió ella, moviendo las caderas con lentitud—. Ahora, chinga.
Empezó a subir y bajar, con el cuerpo inclinado hacia adelante, las manos apoyadas en sus muslos, los senos balanceándose al ritmo del movimiento. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más guturales. Adrián le sujetó las caderas, le clavó los dedos en la piel, y empezó a empujar con fuerza, cada embestida más profunda, más bruta.
—Ahh… sí, chilayuma… así… así me la comes… —decía él, jadeando—. Te la voy a llenar de huevo, nena.
Ella lo miró con los ojos semicerrados, con los labios entreabiertos, con la boca seca pero los ojos mojados.
—Dime qué quieres —susurró.
—Que me la chupes bien, que me la chingues hasta que me derrita… y que cuando te salga el huevo, lo dejes correr dentro de tu vientre hasta que te hinches como un tamal.
Ella soltó una risa ahogada, pero no paró. Subió hasta que solo la punta de su verga estaba dentro, bajó hasta la raíz, y cuando sintió que su clítoris rozaba sus pubis, aceleró.
—Ahh… mierda… —gimió—. Ya me va a dar el calentón.
—Dime que me quieres, que me vas a chingar hasta que me pida piedad.
—¡Te quiero, Adrián! ¡Te voy a chingar hasta que te pida piedad! ¡Te voy a llenar de huevo hasta que no puedas caminar!
Él la volteó de golpe, la puso boca abajo, le levantó las caderas y se metió detrás, con la verga ya dura como una barra de hierro, y empezó a clavarla en su culo, cada embestida más fuerte, más bruta. Ella gritaba, se mordía el puño, se agarra de los cojones, se rechinaba los dientes.
—¡Ahh! ¡Ahh! ¡Ahh!
Adrián le agarró una nalgada, la apretó con fuerza, y con la otra mano le frotó el clítoris, con movimientos rápidos, ásperos.
—Me voy a correr, nena —murmuró—. Me voy a correr dentro de tu culo.
Ella gimió, arqueó la espalda, y cuando sintió que su verga se hinchaba dentro de ella, que la punta palpitaba, se corrió con un grito gutural, convulsiva, con el cuerpo entero temblando.
—¡Ahh! ¡Ya me corré! ¡Ya me corré
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