El pito que me ganó la vida
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La primera vez que lo vi, estaba parada frente al espejo del baño del barrio, ajustándome el top ajustado que me compré en la feria de Belén, y el pito se me puso tieso solo con pensar que lo iba a ver. Me llamaba Mateo, venía de Medellín, alto, musculoso, con esa mirada de gato que te traga entera. Lo conocí en el trabajo, en ese local de bares que abren hasta las tres de la madrugada en el centro, donde los hombres vienen a olvidar el frío de la ciudad y las mujeres vienen a cobrarse un poco de lo que les deben.
—Oye, ¿tú eres Valeria? —me preguntó mientras se acercaba, con una cerveza en la mano y una sonrisa que me hizo sudar entre las piernas.
—Sí —le dije, mirándolo de abajo hacia arriba, dejando que me escanease también. Me encanta cuando lo hacen.
—Sos… más linda en persona —dijo, y me pasó la cerveza. No me la ofreció, se la devolvió. Como si ya supiera que la iba a beber.
Me llamó al día siguiente. Me dijo que me había fijado que le gustaba cómo me movía, cómo me sentaba cuando trabajaba, cómo me inclinaba para agarrar el vaso sin perder el equilibrio. Me dijo que tenía ganas de verme sin ropa, de tocarme, de hacerme gemir hasta que el vecino llamara a la policía.
—¿Quieres venir esta noche? —me preguntó—. Vivo cerca, en el barrio La Playa. Piso nuevo, cama grande, espejos en el techo.
Le dije que sí sin pensarlo. Y cuando lo hice, me sentí viva, como si me hubiera quitado el lastre de una vida entera de andar midiendo mis pasos, de tener que explicar quién era, de pedir permiso para existir.
Llegué a las diez. Llevaba un vestido pegado al cuerpo, con una renda que se abría hasta la mitad del muslo y tacones que me hacían caminar como si tuviera el culo envenenado. Cuando abrió la puerta, Mateo me miró de arriba abajo, lento, y me besó sin decir nada. Me agarró la cara con las dos manos, me empujó contra la pared, y me chupó la lengua como si me estuviera robando un tesoro.
—Hermosa —susurró—. Hermosa, hermosa, hermosa…
Me despojó del vestido con un solo movimiento. Me dejó puesta solo la ropa interior: bragas ajustadas con un lazo en la entrepierna, sujetador de encaje que apenas contenía mis pechos. Me dio la espalda y se quitó la camiseta. Tenía el pecho cubierto de tatuajes pequeños, una serpiente en el costado, un ojo en el hombro, un corazón roto en el ombligo. Me giró la cara y me besó de nuevo, esta vez más fuerte, más húmedo.
—¿Me dejas tocarte? —me preguntó, con los ojos negros, la respiración cortada.
—Sí —le dije—. Sí, mami, sí.
Me sentó en el borde de la cama, se arrodilló frente a mí, y con una mano me abrió las piernas. Me miró ahí, sentada, con las manos apoyadas atrás, los pechos subiendo y bajando, el pito ya mojado, listo para que lo devoraran.
—Vaya qué chimba de pito —dijo, pasándome la lengua por el labio menor—. Tan lindo, tan caliente… tan mío.
Me metió dos dedos, despacio, dejándome sentir cómo se estiraba, cómo se abría, cómo se acostumbraba a su tamaño. Me mordí el labio para no gritar. Me miró a los ojos mientras lo hacía, como queriendo grabarse en mi mente.
—¿Te gusta? —me preguntó, moviendo los dedos con lentitud.
—Sí —le dije—. Sí, jodida, sí.
Entonces se levantó, se desabrochó el pantalón y se sacó la polla. Grande, tiesa, la cabeza roja, con el prepucio que apenas se abría. Me la pasó por el culo, me la frotó entre los pechos, me la rozó por el cuello. Me hizo agachar la cabeza y lamerla, y cuando lo hice, sentí que me fundía.
—Mámela —me ordenó.
Y yo lo hice. Con la boca llena, con la garganta abierta, con los ojos cerrados, con las manos aferradas a su culo, apretando, jalando, pidiéndole que se metiera de una vez. Me levantó, me dio la vuelta, me puso de rodillas frente a la cama, me abrió las nalgas y me metió la lengua hasta el fondo. Me hizo gritar su nombre como si fuera un vicio.
—Mateo —sollocé—. Mateo, mami, Mateo…
Me pegó un golpe en la nalga izquierda, fuerte, y me pidió que no me callara, que le dijera todo lo que sentía. Le dije que lo quería dentro, que necesitaba sentirlo, que no quería esperar más. Me pasó una mano por la cintura, me agarró fuerte, y me metió el pito con un empuje seco, lento, hasta la raíz. Me sentí llena, quemada, completamente suya.
—Mierda, Valeria —murmuró, apoyando las manos en mis caderas—. Estás tan apretada, tan caliente… jodida, tan hermosa.
Empezó a moverse. Lento al principio, como si no quisiera romperme, pero luego fue acelerando, cada golpe más fuerte, más hondo, hasta que yo ya no sabía dónde terminaba yo y empezaba él. Me agarró del pelo, me tiró de la cabeza hacia atrás, y me metió la polla hasta la garganta. Me giró la cara y me besó de nuevo, esta vez con el sabor de mi propia sal, de su humedad, de todo lo que estábamos construyendo en ese instante.
—Voy a correrme —me dijo, jadeando.
—Sí —le respondí—. Sí, corre, corre, corre.
Me levantó, me puso en posición de cuclillas, y me metió la polla de nuevo, más fuerte, más rápido, hasta que sentí que el mundo se me deshacía en las manos. Me acarició el clítoris con el pulgar, me apretó los pechos, y cuando me corrió, cuando sintió que se me iba dentro, me abrazó con fuerza, me besó el cuello, y me dijo:
—Eres la mejor cosa que me ha pasado en años.
Me corrió dentro, caliente, denso, con un suspiro largo y una sonrisa que me derretía. Se quedó ahí, dentro de mí, con la polla still, como si no quisiera soltarme nunca.
Me volteé, lo miré a los ojos, y le dije:
—¿Mañana vuelves?
Y él me besó, otra vez, con la boca llena de mi sabor, y me respondió:
—Sí, mija. Mañana vuelvo. Y esta vez, te voy a hacer gritar hasta que el vecino se vaya a dormir al otro piso.
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