El calor del asfalto
La tarde se derramaba sobre Belgrano como una capa pegajosa de miel quemada. Vos estabas parado frente al espejo del baño del departamento que alquilabas por semanas, con las paredes que hablaban de humedad y viejas promesas rotas. El sol entraba por la ventana sin pedir permiso, te acariciaba los hombros, el cuello, bajaba despacio por el pecho hasta detenerse en el borde de la ropa interior: una tanga de lino color café, que apenas contenía lo que querías mostrarle a alguien —a *ella*, si ella te veía así, con ese brillo en los ojos que decía *sí, esto es lo que quiero ver*.
Te llamabas Camila. No te costaba más decirlo en voz alta. Ya no. Y cuando lo decías, te sonaba bien, como una canción antigua que por fin recordabas del todo.
La puerta sonó a las siete y diez. Tres toques cortos, pausados, como si estuviera midiendo tu disposición. Vos la dejaste esperar veinte segundos, justo los necesarios para que el corazón te baje del ritmo de carrera, para que la respiración vuelva a ser algo natural. Abriste con una sonrisa que no era de fingida, sino de alivio: *vení, acá estoy, no me ibas a dejar así*.
—Perdón, el colectivo se comió el asfalto —dijo Lourdes, entrando con una bolsa de tela en una mano y el pelo suelto, húmedo por la humedad del aire. Llevaba una camiseta ajustada, negra, que se pegaba a las curvas que habías imaginado mil veces en tus sueños más íntimos. Y esos ojos, esos ojos que decían *mirá lo que quiero hacer con vos* antes de que vos siquiera te dieras cuenta.
Vos la dejaste pasar sin presionarla con preguntas. Ella se sacó los zapatos en el umbral, como si ya perteneciera al lugar. Te miró mientras se desabotonaba la camiseta, despacio, con ese gesto de quien sabe exactamente cuánto te gusta verlo. Y vos, vos le decís con la mirada: *seguí, seguí que quiero ver todo*.
La tela se deslizó por sus brazos, cayó al piso con un susurro. No tenías dudas de que su cuerpo iba a ser así: redondo, firme, con una cintura que se hundía como si el aire la buscara para quedarse. El sujetador era de encaje negro, pero no el que te hace sentir incómoda —el que te hace sentir *vista*. Ella lo desabrochó con un movimiento de muñeca, sin romper el contacto visual. Y ahí estaban sus pechos, grandes, caídos un poco por el peso de la vida, pero con una tersura que te dio ganas de morderle suavemente el pezón, solo para escuchar cómo gemía.
—¿Te gusto así? —preguntó, con la voz que te hacía temblar la mano derecha.
—Sí, Lourdes —dijiste, y te sorprendiste de que saliera tan claro, tan seguro—. Me gusta que los vea, que los toque, que los lama hasta que te olvides de todo menos de mí.
Ella sonrió, pero no fue una sonrisa de satisfacción, sino de *confianza*. Como si vos la hubieras estado esperando desde siempre.
Se acercó, se puso de puntillas, y te besó. No fue un beso de prueba, ni uno apresurado: fue lento, húmedo, con lengua y labios y un sabor a sal que te recordó al mar, aunque estén a veinte cuadras de distancia. Vos la abrazaste por la cintura, sentiste su piel caliente, el sudor que ya empezaba a pegarle a la espalda, y supiste que esto no iba a durar mucho si no lo calmabas con paciencia.
—Vení —dijiste, tirando de su mano.
La llevaste a la cama, esa que aún olía a lavandina y a promesas nuevas. Ella se sentó al borde, con las piernas separadas lo justo para que vos supieras *sí, esto es lo que quiero que veas*. Vos te arrodillaste frente a ella, con las manos sobre sus rodillas, y le subiste la falda lentamente. No era falda, era una medias de malla negra, con una costura que le subía por el muslo hasta desaparecer debajo de la braga.
—¿Vas a quitármelas? —preguntó, pero vos ya tenías una mano dentro, deslizando el elástico hacia abajo, sintiendo la suavidad de su piel, el calor que emanaba de su concha.
Te detuviste un segundo. La miraste a los ojos mientras separabas las piernas un poco más, mientras se mordía el labio inferior, como si estuviera conteniendo un grito.
—Sí —dijiste—. Pero primero quiero saborearte.
Le besaste el muslo, luego el otro, y después, con la lengua apenas rozando, le lamiestes el clítoris. Ella soltó un suspiro que era más que un gemido, un *¡ahh, sí, justito ahí!* y vos supiste que habías acertado. Volviste a hacerlo, más fuerte, con la lengua enrollada, presionando con la punta, mientras le separabas los labios con los dedos y te metías un poco dentro, solo un poco, para probar su tight, su humedad, su *sí, sí, sí*.
Se le pusieron los pechos duros, los pezones apuntaban al techo, y cuando vos le metiste dos dedos, ella arqueó la espalda como si te lo estuviera ofreciendo.
—Estás húmeda —le dijiste, mientras le chupabas el clítoris con fuerza.
—Sí —gimió—. Estoy toda mojada por vos, Camila. Quiero que me garchés como si no hubas vuelta atrás.
Vos te levantaste, desabrochaste el pantalón, sacaste el pene, ya medio duro, con los cojones tirantes y la punta brillante de pre-cum. Ella lo miró sin rubor, sin miedo, con una mirada de *ahí está, lo sabía, esto es lo que quería*.
—Quiero sentilo adentro —dijo, mientras se volteaba, se apoyaba en los codos, y te abría el culo con una mano, mientras con la otra se frotaba el clítoris.
Vos te lubrificaste con la saliva, le estiraste un poco los glúteos, y entraste despacio. No era el primero, ni el segundo, ni el décimo, pero vos sentiste que era el *primero*, porque era con ella, con Lourdes, con quien habías soñado tantas noches en el silencio del baño, con las luces bajas y la lluvia golpeando la ventana.
Te metiste todo, hasta la raíz, y vos sentiste su cuerpo cerrarse alrededor de vos, como si te estuviera agarrando con fuerza para no soltarte. Ella soltó un *¡mierda!* que era casi un llanto, y vos empezaste a moverte, lento, pausado, como si cada empujón fuera un verso de un poema que solo vos y ella entendían.
—Sí, sí, así —decía—, más fuerte, que te sienta todo, Camila, que me lo metás hasta el fondo.
Vos la cogías con fuerza, con las manos en sus caderas, con el pecho pegado a su espalda, y cada vez que le dabas, ella se mordía el brazo para no gritar, pero vos ya sabías cómo sonaba su voz cuando se dejaba ir: *¡ah, jodes, sí, jodé, jodé, jodé!*.
Cuando vos sentiste que venía, que se le ponía la piel de gallina, que sus piernas temblaban, vos le agarraste el clítoris con dos dedos y le apretaste con fuerza mientras le dabas tres empellones profundos, y ella vino como una ola que rompe contra el muelle: todo su cuerpo se estremeció, soltó un grito que vos sentís hasta en los dientes, y vos, vos te dejaste llevar, te corriste adentro, con un gemido que era más que placer: era *liberación*, era *pertenencia*, era *estoy acá, soy yo, soy Camila y vos estás conmigo*.
Se quedó quieta un rato, con la frente apoyada en la sábana, respirando como si acabara de correr una maratón. Vos la abrazaste por atrás, le besaste el cuello, le acariciaste el pelo, y le dijiste, sin vergüenza, con voz de hombre que no tiene nada que ocultar:
—Estoy loco por vos, Lourdes.
Ella se volvió, te miró con esos ojos que ya no eran de duda, sino de certeza, y te besó otra vez, esta vez con la lengua metida, con sabor a vos, a suerte, a asfalto caliente y promesa cumplida.
—Yo también —dijo—. Ahora, volvé a meterme la verga. Que me la querés volver a poner dura.
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