Lo que pasó en el departamento de al lado

@natalia_fuego ·26 de marzo de 2026 · ★ 4.7 (13) · 2,186 lecturas · 8 min de lectura

Era viernes, y el calor de junio en Buenos Aires no perdonaba. Natalia, con la camiseta mojada de sudor y los pantalones cortos pegados a la concha, se dejó caer en el sofá del departamento de al lado —el que nunca había entrado, el que siempre escuchaba por las paredes delgadas, el que olía a cerveza fría y sexo sin decirlo. La vecina, Lucía, había pedido ayuda para mover un mueble. Natalia, con el corazón en la garganta y las piernas temblando, dijo que sí. No sabía que iba a terminar con la pija de Lucía en la boca.

—Vos tenés que aguantar un poco, nena, que esto pesa como un camión —dijo Lucía, sudando, con la camisa blanca pegada al pecho, los pezones duros como guijarros bajo la tela. Natalia la miró, y no dijo nada. Solo asintió. Pero sus ojos se clavaron en el contorno de la cintura, en el hueco que se formaba entre el ombligo y el borde de los pantalones cortos, en la sombra que se perdía entre las piernas. Lucía no era su tipo. Era más vieja, más dura, más desgastada por la vida. Tenía treinta y ocho años, dos hijos, un ex marido que la dejó por una peluquera, y una mirada que decía: “Ya no me importa qué pensás de mí”.

Natalia tenía veinticuatro. Nunca había cogido a nadie. Nunca había garchado. Nunca había sentido una pija en la boca. Pero en ese momento, con el calor que entraba por la ventana y el sonido de la radio de abajo tocando un cumbión viejo, algo se rompió en ella. Algo que no era miedo. Era ganas. Ganas de sentir, de tocar, de ser tomada.

—¿Te cansaste? —preguntó Lucía, mirándola con esa sonrisa que no era de burla, sino de comprensión. Como si supiera lo que pasaba adentro de Natalia.

—No —mintió Natalia, con la voz ronca.

Lucía se acercó. No con la intención de besarla, no con la intención de besarla en los labios. Se acercó hasta que su aliento, con sabor a vino y menta, le rozó el cuello.

—Mirá, nena —dijo, y le tomó la mano—. Si querés, te doy una mano. Pero no por el mueble.

Natalia tragó saliva. No habló. Solo dejó que Lucía le guíara la mano, despacio, hasta que sus dedos tocaron la tela de los pantalones cortos. Y ahí, debajo, sintió el calor. El calor de una concha que ya estaba mojada.

—Vos estás temblando —susurró Lucía.

—Sí —dijo Natalia, con los ojos cerrados.

—Entonces vení.

La llevó al dormitorio. No hubo besos, no hubo palabras. Solo la mano de Lucía desabrochando el botón de los pantalones de Natalia, bajando la cremallera, tirando de la ropa interior con un movimiento seco, como si ya lo hubiera hecho mil veces. Y allí, expuesta, con la concha brillante de humedad, Natalia se quedó quieta. No se tapó. No se escondió. Solo miró hacia el techo, como si estuviera esperando que el cielo se abriera.

Lucía se arrodilló. No se demoró. Se inclinó, y con la lengua, empezó a lamerle la concha. Lento, como si estuviera probando un dulce que no sabía si le iba a gustar. Pero pronto, la lengua se volvió más firme, más húmeda, más urgente. La mordió suavemente en el clítoris, y Natalia gritó, sin poder contenerse. Un grito bajo, ahogado, como si estuviera rogando por más.

—Sí, sí, así —murmuró Natalia, agarrándose de las sábanas—. No te detengas, por favor.

Lucía no se detuvo. Lamió, chupó, metió dos dedos dentro de la concha, y con el pulgar, siguió apretando el clítoris. Natalia se arqueó, los pechos subiendo y bajando como si estuvieran a punto de explotar. El aire se volvió denso, cargado de olor a sexo, a sudor, a sal. Y entonces, sin avisar, se vino. Un orgasmo tan fuerte que le hizo ver luces. Un orgasmo que la hizo gritar el nombre de su madre, sin querer, sin control.

Lucía no se movió. Se quedó allí, con la boca llena de jugo, mirándola con esos ojos que decían: “Ya lo sabía”.

—Ahora te toca a vos —dijo, levantándose, y se quitó la camisa. Los pechos grandes, caídos, con pezones oscuros y duros, aparecieron como un regalo prohibido. Natalia los miró. Los tocó. Con las manos, con los labios. Lamió los pezones, los mordió, los chupó hasta que Lucía gimió, bajó la cabeza, y le quitó los pantalones cortos.

La pija de Lucía era más grande de lo que Natalia esperaba. No era perfecta. Tenía una vena que subía por el costado, una cicatriz en la base, y un olor a sal y a sexo. Pero era real. Era suya. Y estaba dura. Muy dura.

—Cogé —dijo Lucía, agarrándola por la base, y se la puso en la boca.

Natalia no dudó. Abrió la boca, y la pija entró. No fue suave. No fue tierna. Fue brutal. Fue como tragar un puño. La garganta se contrajo, pero no se ahogó. Lucía le tomó la cabeza, y empezó a empujar. Hacia adentro, hacia afuera, con un ritmo lento, como si estuviera enseñándole a respirar con la boca llena de pija.

—Sí, así, nena —susurró Lucía, con los ojos cerrados—. Lame la cabeza. Chupá como si fuera a desaparecer.

Natalia lo hizo. Lamió el glande, lo chupó, lo mordió suavemente, y cuando Lucía se movió más rápido, ella lo siguió. Se dejó llevar. Se dejó poseer. La pija se hundía en su garganta, y cada vez que Lucía empujaba, Natalia sentía que se le llenaba la boca de sal, de piel, de deseo. No era un acto. Era un ritual. Era su primera vez, y no la iba a olvidar.

Lucía empezó a gemir. Bajó la cabeza, y sus dedos se clavaron en el pelo de Natalia.

—Voy a venir —dijo, con la voz rota—. No te muevas. No te vayas. Quiero que te lo tragues.

Natalia asintió, con la boca llena, con los ojos llorosos. Y entonces, Lucía se vino.

No fue un chorro suave. Fue un torrente. Caliente, espeso, salado. Se le llenó la boca de leche, y Natalia tragó. Tragó todo. Sin asco. Sin miedo. Solo con los ojos cerrados, como si estuviera recibiendo un don.

Cuando Lucía se retiró, Natalia se quedó con la boca abierta, con la pija aún húmeda en los labios, con la lengua aún paladeando el sabor. Lucía se sentó a su lado, sin decir nada. Se acercó, y le limpió la boca con el pulgar.

—¿Te gustó? —preguntó.

Natalia asintió. No podía hablar. Su garganta estaba adolorida. Su cuerpo, entero, vibraba.

—Entonces mañana —dijo Lucía, con una sonrisa—, volvemos a hacerlo.

Natalia no respondió. Solo se acurrucó contra su pecho, y se durmió con la pija de Lucía aún en la lengua.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Natalia estaba en la puerta del departamento de al lado. Sin ropa interior. Con la camiseta puesta, pero los pantalones cortos en la mano. Lucía la abrió con una botella de vino tinto y dos vasos.

—Te esperaba —dijo.

Y sin decir más, la tiró sobre la cama, le abrió las piernas, y se metió la concha en la boca otra vez.

Esta vez, Natalia no se quedó quieta. Se movió. Se retorció. Se levantó, y se sentó sobre la cara de Lucía, mientras la lamía con ganas, con hambre, con desesperación. Quería que la hiciera venir. Quería que la hiciera gritar. Quería que la hiciera suya.

Lucía la agarró de las caderas, y la empujó hacia abajo. Natalia bajó, lentamente, hasta que su concha se hundió en la boca de Lucía. Y entonces, con los ojos abiertos, con la mirada clavada en la de Lucía, se vino otra vez.

—Sí, nena —gimió Lucía, con la lengua dentro—. Vení, vení, vení.

Natalia no se detuvo. Se vino hasta que las piernas le temblaron. Hasta que el sudor le corrió por el pecho. Hasta que el aire se volvió imposible de respirar.

Y cuando se desplomó, Lucía se levantó, se bajó los pantalones, y se la puso de nuevo en la boca.

—Ahora —dijo—, te voy a garchar.

Natalia no dijo nada. Solo abrió las piernas.

Lucía entró. Lenta. Profunda. Con una mano en la cadera, y la otra en el clítoris. La penetró hasta el fondo, y luego la sacó. Vuelta a entrar. Vuelta a sacar. Cada movimiento era un latigazo. Cada empuje, una promesa.

—Dale, dale, dale —murmuró Natalia, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en la cama—. No te detengas.

Lucía no se detuvo. La cogió como si fuera a romperla. Como si fuera a matarla. Como si fuera a salvarla.

Y cuando se vino, fue con un grito que se perdió en el ruido de la calle. Con las piernas temblando, con la concha apretada alrededor de la pija, con la boca abierta, sin aire.

Lucía se desplomó sobre ella. La abrazó. La besó en el cuello. En la frente. En los labios.

—Ya no estás virgen —dijo.

Natalia sonrió. Con la boca seca. Con el cuerpo roto. Con la concha aún palpitando.

—No —susurró—. Ya no.

Y en ese momento, con el sol entrando por la ventana y el olor de sexo aún en el aire, Natalia supo que nunca más iba a ser la misma. Porque había cogido. Había garchado. Había sido tomada. Y no le importaba quién lo supiera.

Porque ya no tenía nada que esconder.

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